Las camadas,  Danilo y el poder (y 3)

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Una cosa es cierta: Leonel Fernández desvirgó el proyecto moral de los peledeístas, en el que bailaron figuras sublimes de la vida nacional; e instrumentaliza sin piedad, una y otra vez, la ignorancia y la miseria material de este pobre país. Hacia la oscuridad de las causas, ese hombre que nos gobierna siempre se ha querido parecer a un pensamiento, pero es una práctica, tan zafia como la de las montoneras.

Las elecciones son un marco adecuado para ver la realidad dominicana al desnudo, y desenmascarar la desdicha  dentro del espesor mismo del fracaso de la organización social en la que nos han obligado a vivir quienes nos han dirigido.  La democracia dominicana es un cuero, una ramera. Seis millones de pobres no me dejan mentir.  Y quien mejor lo sabe es Leonel Fernández. Y es por eso que el sufragio  no es  más que  una metáfora de la historia personalista, sin instituciones, que todavía  en el siglo veintiuno permanece suspendida de la voluntad cesárea de un hombre que controla el poder del Estado y lo usa para su gloria personal.  Un sujeto cuya ambición desmedida ha creado una camada de políticos-empresarios, y ha desplegado un uso axiológico y un uso histórico de toda la miseria moral y material que nos ha abatido, imponiéndonos su megalomanía  y usándonos como medios, no como fines.  

No nos llamemos a engaño, aun cuando la angustia se enmascara, aparece. Lo curioso de estas elecciones es el hecho de que el verdadero candidato del PLD es Leonel Fernández, porque Danilo Medina ha perdido importancia  como oferta electoral, y su imagen, ante la embestida del Príncipe,  está tan disminuida que los juicios sobre lo que está sucediendo en la campaña les pasan por encima como si, en caso de que ganara, su insignificancia en el poder real estuviera aceptada de antemano. La no reelección continua, que se exhibió como un logro democrático tras la firma del “pacto de las corbatas azules”, se ha desnaturalizado; porque al proyecto de  Danilo Medina le arrancaron las muelas como al cangrejo, y la reelección y la elección de Danilo son ya la misma cosa. El pobre no puede desplegar más discurso que el de la continuidad. ¿No parece, acaso, que las elecciones que transcurren son las del 2016 y no las del 2012?

¿Hablando como signo, no es Leonel Fernández la suma de todos los poderes que el Partido-Estado concita? ¿La enorme riqueza de la camada peledeísta que ha estado en todos los gobiernos, no se formó bajo la coerción de los signos del poder de Leonel Fernández? ¿Esos diputados y senadores, tan amantes del dinero, a quién responden en realidad, sino es al Príncipe que da uso a la chaqueta del Estado como si fuera algo de su propiedad? ¿Y los futuros jueces de los tribunales de la nación no quedarán ardiendo en el vaivén de la amada, enternecidos y agradecidos de su creador, Leonel Fernández?

¡Este es un país del carajo! Lo que hay en nuestro pendular es un eterno transcurrir inacabado. Hipólito Mejía cree que él puede derrotar esta camada con la sola expresión del sufragio, y está equivocado.  Falta luchar. Votar no es ser libre, porque lo que da un carácter conmovedor a la libertad es actuar sin condicionantes, algo que ya han impedido a toda costa el autoritarismo y la corrupción. El programa Solidaridad es ahora un mecanismo de intimidación de los pobres. Los cuarenta mil millones de los impuestos que Leonel  usará son el goce del político mundano que prostituye la voluntad popular. Los  presupuestos  de los Ministerios son abrevaderos de activistas del PLD. Y la riqueza de la camada  es tan astronómica,  que ha convertido al PLD en un Partido-Estado.

¡Que lo sepan Hipólito Mejía, los grupos alternativos y todo el que participará en estas elecciones! ¡Aquí no habrá elecciones libres! Lo de la Junta Central Electoral no es un azar, sino un salvoconducto. Esta camada no cederá el poder tan fácilmente, son más que un partido una corporación económica que incide en todas las ramas de la explotación comercial, contando con la ventaja del Estado.

Leonel Fernández ha demostrado que no le importan las leyes, a lo único que está apegado es a la pasional aventura  de decidir la suerte o la desdicha de muchos otros.