Las ciudades letradas y el poder

A los miembros de las ciudades letradas se les exige como divisa compromiso social y acción ética. Los escritores e intelectuales pueden, y de hecho toman, distintas posiciones frente a la compleja vida cultural, social y política de la nación. En nuestro país es común, además de la relación ética entre la vida y la palabra, que el escritor sea un portaestandarte de los valores que la mayoría entiende como fundacionales y fundamentales. En un medio de democracia  en ciernes parece perentorio que el escritor asuma las posiciones de intelectual orgánico, o de portavoz.

Empero las prácticas intelectuales han sido muy diversas y parece hoy día haber cambiado de forma definitiva. La historia dominicana tiene un repertorio de escritores, escribanos, amanuenses, periodistas, propagadores de especies, y los que hoy se les llama  plumíferos. En el siglo XIX tuvimos autores desterrados del lar patrio y otros muy acomodados a los dictadores como Santana, Báez y Lilís.

Bajo la dictadura de Trujillo, los publicistas entraron aliados a la polis en periódicos y terminaron cosiendo las sábanas de la dictadura en los diarios y  otros escribieron folletos contra sus antiguos compañeros, como es el caso de Tomás Hernández Franco, contra Jimenes-Grullón. Las ciudades letradas de las últimas décadas han pisado el mismo terreno y, a pesar de ilustrísimas distinciones, han buscado que el poder arríe hacia ellas parte del presupuesto nacional, que se reparte en publicidad, prensa, publicaciones de libros, embajadas, viajes y reconocimientos.

Los políticos han visto en los intelectuales a unos dragones que solo dejan de lanzar fuego a través del reconocimiento, los homenajes, las lisonjas y las canonjías. Con un panorama así, y sin un desarrollo de la vida universitaria y sin investigación académica; sin una industria editorial y sin una educación que demande productos culturales y con menos medios de reafirmación y legitimidad, el vacío se llena desde los aparatos del Estado. Los que entran en esos juegos del poder callan, cuando tienen que hablar. Venden con su silencio –lo que podría ser– su aporte a la comprensión de la realidad histórica y social.

Es notable el esfuerzo de grupos minoritarios que piensan  que debe existir una opinión bien formada, ética, crítica, que hable a la nación; mientras que los que viven en la impostura, sobre todo los que antes pertenecían al sector de la izquierda, viven mediante el acomodo estatal, disfrutan de una vida que no podrían ganarse como intelectuales, como escritores y opinantes.

A esta situación han contribuido los nuevos aparatos estatales de cultura; entidades en las que  se disfraza la coaptación y el posicionamiento. El intelectual a sueldo no puede pensar, solo debe repetir las consignas del poder. Las ciudades letradas se han ido convirtiendo en centros de acomodaciones políticas y donde la política hinca su diente acaba la criticidad, pues, solo las razones de Estado pueden tener valor en su marco.

Para que las comunidades letradas ejerzan la función que parece exigir la sociedad es necesario que las universidades vuelen a darle justo valor a la vida intelectual, a sus profesores e investigadores; que exista una posición académica y estatal donde los intelectuales puedan hacer una vida independiente.