Las cuentas de mi rosario

http://hoy.com.do/image/article/673/460x390/0/1B33D618-19C8-4239-AA41-6704CC96C9AD.jpeg

Qué puede uno sentir que es  en medio de tantas deudas sociales, viviendo la contradicción de ser un universo marginal del mundo globalizado, y agazapado en la mentira perpetua de quienes nos han dirigido y nos han querido hacer creer que somos lo que no somos en esta media isla? ¿Qué puede valer un puñado de pensamientos, una propuesta de regeneración social, un libro magistral, una lírica lección de la historia, un poema a secas; frente a un modelo  del pragmatismo político, un senador, un diputado, un ministro, un militante destacado?

Me asalta ahora, de nuevo, Ulises Francisco Espaillat. Pensador idealista, llegó al poder en el 1876, y en medio de las tribulaciones se declaró perdido para todas las causas. Había suscitado sueños nuevos, y sentido el agotamiento de una generación que había vivido las bacanales salvajes del manigüerismo criollo, y que no conocía sosiego en las guerras caudillistas de finales del siglo XIX.

Entonces proclamó el discurso de deseo de gobernar con un ejército de maestros, aireó a los cuatro vientos la idea pionera de que la educación es la única vía que tenemos para encaramarnos en el sentido del desarrollo,  y nombró, sin titubeos, todos los males de la Patria. Hay un signo prohibido en la historia dominicana, un atisbo doloroso de nuestra desgracia, por el que pasan los grandes espíritus fundadores de este país. Es por eso que Ulises Francisco Espaillat y Juan Bosch se parecen tanto, y es por eso que ambos son cadáveres en un armario.

¿Quién es un paradigma válido en la sociedad dominicana de hoy? ¿No vale más Amable Aristy Castro que Pedro Henríquez Ureña? ¿Qué puede significar  esa intención de sacudir el sueño de Espaillat, ante la arrogancia, el pragmatismo  y la fortuna de Reynaldo Pared Pérez?

¿Qué puede significar la roca desnuda de la moral boschita ante las tentaciones de la riqueza fácil? ¿Un solo sarcasmo, uno solo, de Félix Bautista, no es el signo indignante de que la sociedad dominicana se ha entregado a las cosas; que ha hecho su propia enajenación por el dinero? ¡Oh, Dios! “El alma está cautiva”- decía Maurice Clavel- porque lo cierto es que  es el éxito económico lo que borra cualquier tribulación impía de la conciencia.

En la sociedad dominicana de hoy el centro ya no está en el pasado, pero el pasado no se ha ido. Una sociedad en la que coexiste lo tradicional, lo viejo, y el impulso a la modernidad, produce también estos personajes. Y tenemos computadoras de última generación, Internet, más de ochenta canales de televisión, una excelente red de comunicación. Pero flotamos en la periferia de la globalización como en éxtasis, como deslumbrados, porque hay un ancla que nos ata al pasado, y esta sociedad ha perdido todos sus paradigmas.

¿Pedro Henríquez Ureña muriendo en un tren camino a su cátedra en una provincia del interior de la Argentina, pobre, ignorado por una clase dominante que no ha necesitado nunca de la cultura para legitimarse? ¿Juan Bosch, un Napoleón del pensamiento, descifrando el alma machucada de los dominicanos?  ¿Ulises Francisco Espaillat, desnudo a los ojos de una historia espantada de corrupción y personalismo? ¡No! Los paradigmas hoy son otros. Díaz Rúa, Juancito Sport, Félix Bautista, Roberto Salcedo, Héctor Rodríguez Pimentel, Reynaldo Pared Pérez, Euclides Gutiérrez, Alejandrina Germán, y muchos otros. Todos seres exitosos, dotados de las cualidades más excelsas que puede albergar la modernidad dominicana.

Propongo que en las escuelas se enseñe la vida de todos los triunfadores, y que  nos miremos en el espejo de quienes de la nada se han transformado en grandes señores. Soy apenas un escribidor y no puedo llamarme a engaños. Sé perfectamente que la sociedad dominicana que hoy vivimos es un mundo en el cual el pensamiento es finalmente inútil, y que invocar ahora a Ulises Francisco Espaillat o a Juan Bosch,  o a  Pedro Henríquez Ureña, es rechazar ese juego de máscaras que exacerba las incertidumbres de la historia nacional, y nos pone a ver los escombros y los falsos dioses que nos han gobernado. ¡Oh, Dios!