Las enseñanzas de Cristo y la conmovedora reacción española

Tal vez sea el camino. Caer al fondo para desde allí resurgir, levantarnos y ser mejores. Conocer y hundirnos en el dolor máximo, para deshacernos de la basura de los falsos valores que nos gobiernan con pretensiones de fuerza “moderna”, de fuerza bruta y de cerrazones basadas en aviesas interpretaciones “religiosas”, en las que han incurrido en distintos tiempos, tanto quienes han pretendido o pretenden acogerse a la fe cristiana, como los que buscan y encuentran en El Corán frases que se pueden hallar con igual dureza en el Viejo Testamento bíblico.

Jesús vino a poner como El Cristo, las cosas en su sitio. Para ello sufrió, magnificado, el suplicio de la crucifixión, que era la forma de pena capital ignominiosa que se aplicaba en la antigüedad para castigo de los mayores delitos en el Cercano Oriente. A Jesús se la aplicaron en forma desusadamente cruel, ya que no era habitual la utilización de clavos, ni previamente los ensañados azotes que recibió, ni el cargamento de la cruz armada (los condenados usualmente llevaban el travesaño que se incorporaba al madero previamente enterrado verticalmente en el lugar del suplicio) y, por supuesto, nada de corona de espinas.

¿Cuántas veces, por extenso tiempo, no habían enseñado los sabios védicos, brahmánicos y sánscritos, doctrinas de amor y de bien, que no trascendían sino como excentricidades de unos pocos seguidores?

¿Cuántos miles de inocentes no habrían de sufrir la crueldad de la crucifixión, antes de Jesús, y sin embargo, nada significó el sufrimiento, la injusticia y la cruz como símbolo hasta que con Jesús señaló el sacrificio previamente aceptado ante el Padre, como señal de nuevos rumbos y seguidores de redención?

Se afirma que nuestra fe cristiana se basa en la Resurrección de Cristo.

Por supuesto, tiene que ver, pero yo creo firmemente en el hecho de que más de veinte siglos después, sus enseñanzas perduren vigorosamente, llenas de una actualidad que no habrá de pasar, porque camina junto a la naturaleza humana.

Yo creo, vuelvo a decir, que la vigencia de Cristo que flota incólume sobre graves errores humanos, constituye la base de nuestra fe cristiana.

Y ahí está nuestra bien fundamentada esperanza.

La reacción doliente y pacífica de millones de españoles ante la masacre de Madrid que acaba de ocurrir en este marzo fatídico, que vemos mucho mayor que las manifestaciones populares norteamericanas en repulsa a los horrendos crímenes de extremistas islámicos, especialmente contra los Torres Gemelas de Nueva York, nos abren puertas de esperanza por una humanidad mejor, que clama por paz, no por venganza.

No dudo yo que los norteamericanos hayan sufrido inmensamente el asombro y espanto terrible de aquellos aviones comerciales, cargados de inocentes, que fueron estrellados contra las torres, derribándolas y matando miles. Es muy posible que su perplejitud ante un ataque que nunca habían conocido en su territorio los anonadara, porque la guerra siempre anduvo lejos en cuanto a grandes magnitudes. La de Secesión o anteriormente la de independencia no poseían medios para matanzas instantáneas de multitudes. Además se trataba de luchas entre soldados imbuídos en criterios patrióticos. Nunca se trató de masacrar inocentes.

España conoció los horrores de la Guerra Civil iniciada en 1936, extensa y espantosamente cruel. Es diferente cuando se conoce el dolor en carne propia, cuando el pavor, el terror y la inmensa mole del drama caen sobre un país. Aún quienes no vivieron aquel horror, los jóvenes, tienen su marca.

La reacción española al drama de este marzo terrible, es conmovedora, ejemplarizante y esperanzadora.

Una unión para la paz. Una pacífica y descomunal queja multitudinaria contra los utilitarismos políticos y la violencia.

Tal vez era necesaria tal monstruosidad para que las energías humanas tomen un rumbo diferente. No indiferente. Consciente, no inconsciente.