Las Ganancias se Comen el Crecimiento

Osvaldo Montalvo Cossío

La articulación entre crecimiento y distribución es el alma de la economía clásica. ¿Puede el capitalismo desarrollarse indefinidamente, superando cada una de las crisis que se le presenta? El reparto –es decir, la distribución-, ¿es un elemento que favorece el crecimiento o, por el contrario, un obstáculo más que hay que superar? El capitalismo, ¿produce riqueza y pobreza simultáneamente, de manera que más riqueza siempre se asocia a más pobreza? ¿Las riquezas más fabulosas sólo se encuentran en un mundo de pobreza extrema? Hay quienes encuentran la causa y origen de la riqueza de unos en la pobreza de la mayoría. ¿O existe la posibilidad de crear una franja intermedia –la clase media norteamericana-, que se alimenta de los extremos? Eran los tiempos de la “alta teoría” como lo llamó alguien (creo que Galbraith). Hoy el debate es más cuerpo a cuerpo, bayoneta calada, pues los “pensadores” están cada uno más cerca de los intereses que defienden.

Pero más que adentrarme en las disquisiciones sobre el tema (lo que me fascina. Por ejemplo, en otros lugares he planteado que la relación entre producción y distribución es, para los neoclásicos, auto ajustable, automática, mientras que para Keynes es de determinación simultánea según el principio de la demanda efectiva), aquí quiero referirme a lo obvio. Producción es una noción más o menos evidente: la cantidad de bienes y servicios concretos (arroz, leche, carne, camisas, machetes, funciones de teatro…) que produce una economía en un período, un año. Como no podemos operar sobre elementos heterogéneos, los medimos en términos monetarios. Producción es, pues, el PIB real. Distribución es la repartición de lo producido, lo que le toca a cada “insumo de la producción” –Capital y Trabajo- del producto que han colaborado en hacer. Habría que introducir un tercer “factor productivo”, el Gobierno, que no produce pero participa, aunque esto es sólo añadir complejidad al asunto. Al final, y esto es una regla de hierro que parecen olvidar los más avezados, sólo se puede repartir lo producido. No más. De hecho, tampoco menos.

¿Qué es lo obvio? Démosle plasticidad a las conceptualizaciones económicas. El PIB real es una pizza grande (16 pulgadas de diámetro, no importa el precio), y de ella son dueños el señor Capital y el señor Trabajo. En un primer momento digamos que a partes iguales. Es decir, de la pizza producida en un año (en un mes, en un día, por minuto, esto no es importante en este contexto), al Capital le toca una mitad y al Trabajo la otra mitad. La teoría discutiría si, a partir de este tamaño, la pizza puede agrandarse sin contratiempos. Luego, si de la pizza agrandada, al Capital le toca progresivamente igual proporción, mayor o menor. Lo obvio es que si a uno de los dos le toca mayor proporción, al otro, necesariamente le toca menor. Y viceversa. Y este resultado debe reflejarse en cualquier medida de la distribución (de la concentración) que podamos diseñar a tal efecto. Una tercera pregunta (para la que no tenemos espacio ahora) es si la porción de pizza con que se queda el señor Trabajo es suficiente para que coma “dignamente”. (Por razones más que obvias, no hay que hacerse la misma pregunta en lo que toca al señor Capital)

Construyamos, pues, el índice. Y = G + S es la identidad entre el ingreso y sus componentes. Y es el ingreso, que aproximamos por el PIB real (sin entrar en filigrana contable), G las ganancias y S los salarios. Ahora hacemos crecer el ingreso según el crecimiento de la economía reportado por el Banco Central, y los salarios según la población ocupada. Es decir, la masa salarial aumenta, no por aumentos salariales, que no los ha habido, sino por el aumento en la población que trabaja.

Partiendo de la identidad anterior, con un poco de álgebra obtenemos una expresión para ϴt, definida como la relación de las ganancias al ingreso en cada período1. Está claro que si el crecimiento económico es superior al aumento en la ocupación, el exceso del primero sobre éste se acumula como ganancia para el señor Capital. Esto es otra forma de decir lo que otros han observado antes: que el PIB per cápita inexplicablemente aumenta año con año reflejando unos supuestos aumentos en productividad. Pero, ¿sobre qué equipo de capital? ¿Cómo? ¿Cómo es que la dominicana supera en productividad a las economías centrales?

Para evaluar la corrida del índice no necesitamos siquiera las cifras sobre el PIB. Si el crecimiento fue como dice el Banco Central, y la inflación fue tan baja que no justificó alzas salariales,  en catorce años la participación de las ganancias en el ingreso aumentó en más de veinte puntos porcentuales (resultado que es también independiente de la distribución de partida). En otras palabras, las ganancias se comieron el crecimiento. No podía ser de otra manera. Es lo lógico. Es lo intuitivo. Y si los registros de crecimiento y ocupación son los correctos, esta concentración del ingreso se debía reflejar en una medición como la de Gini. Lo que pasa es que las estadísticas oficiales son fantásticas, en el sentido literal de la palabra. Aquí los operadores matemáticos cambian de sentido con la brisa del mar provocando el efecto de los espejos mágicos. El problema es de coherencia, las proporciones entre las distintas partes del muñeco. Que si le ponen una cabeza muy grande le quedan muy chiquitos los pies.

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  1. La expresión es: Y0 (Yc + 1 ) / Y1 – Sm1 = ϴ1, donde Y es el nivel de ingreso en el momento 0 (Y1, en el momento 1), Yc la tasa de crecimiento del ingreso, y Sm1 la participación del salario en el ingreso en el momento 1. ϴ1 es la participación de las ganancias en el ingreso en el momento1. Por supuesto, la fórmula es iterativa.