Las huellas de Duarte

Condolido, el tiempo vino a atemperarle el dolor por agravios y traiciones, serenó las emociones en el sexagenario Juan Pablo Duarte, pero no pudo borrar la tristeza que en su semblante le estamparon los pesares de la patria, a la que no olvidó en su exilio caraqueño.

El Libertador dominicano, de ancianidad anclada en el recuerdo hasta el último año de vida, cuando la enfermedad  borró la patria de su mente. La patria amada que volvió a situarse en sus sueños y anhelos porque la que fundó seguía adulterada por espurias ambiciones, disipadas ya las esperanzas en   el movimiento  liberal que en 1873 derrotó el baecismo.

Tres decenios habían transcurrido en 1874  luego que con el destierro troncharan su  impetuosidad  treinteañera   para    inhabilitar al político de más luces y el más comprometido con un proyecto de nación.

 Desde que a los 19 años  se entregó con pasión a la política,  Duarte dejó huellas éticas y morales en un ejercicio donde teoría y praxis se consustanciaban.

Concebía este quehacer como  la  ciencia “más pura y digna”, después de la filosofía, de ocupar “inteligencias nobles”. Ciencia transformadora de pueblos, capaz de conquistar libertades y  gestar democracias, que vio  impregnarse de una sordidez en la que no había espacio para él.

 “La política no es una especulación”, es sacrificio, entrega a la patria, debe pautarse para fines nobles o se desvirtúa,  decía el patricio, quien no transigía en soluciones mediatizadas. Radicalmente se oponía a la  concepción mercantil que hoy  contamina su ejercicio. 

Su visión ética se contrapone a  la moral utilitaria, al pragmatismo que busca perpetuarse en el poder.

No convenía.  Precedida por una campaña de descrédito, que aún encuentra eco, no sólo le cerraron las puertas del país para que no gobernara. Distorsionaron su obra, negando méritos   a este hombre de gran agudeza política, intuitivo, sagaz, que personificó la osadía en su plan libertario.  

A fuerza de silencio y olvido, lo verían como un desterrado trocado en paisaje, “lejano, distante, innecesario”.  No obstante, su siembra política  no fue estéril.

Impronta duartiana. Pese a que  el duartismo no resurgió  como fuerza política, aunque la  línea trinitaria no muestre una presencia ostensible en una corriente doctrinaria como influjo directo  de Duarte, su huella perdurable quedó plasmada en la continuidad de la nación que creó, en una conciencia republicana independentista.

 El Libertador dejó su impronta en  los sentimientos más puros de patriotas que han visto  en él la encarnación de su ideal político. 

Sus principios  anidaron en la embrionaria  conciencia política de jóvenes  impulsores del Movimiento de Unidad,  retoño de  ideales trinitarios aunque no se identificaran como tal.

El “unionismo” fue luz efímera en el panorama político,  oscurecido en el gobierno autocrático de Ignacio María González, obligado a renunciar por la presión social, en el primer acto de  empoderamiento de nuestra historia.

Con  ansias de libertad, unidad, progreso y paz  llegó  a la Presidencia en la primavera de 1876    un símbolo del liberalismo: Ulises Francisco Espaillat, pronto atribulado por la “sed de dinero”  que  retornó al poder el régimen despótico y corrupto de Buenaventura Báez, que  siguió denostando y silenciando al patricio.

Pese al pretendido olvido, el pensamiento duartiano perdura en el tiempo, cobra una impresionante actualidad, porque hoy como nunca se necesita de Duarte en República Dominicana.

Lo que hizo en su ciclo vital tuvo ribetes heroicos, excelsos: darnos “el don supremo de una Patria”. Pero él fue más allá,  proyectó hacia el futuro un ideal de nación que dista mucho de la realidad actual dominicana.

Su obra está inconclusa. La patria que concibió tiene mucho más alcance, dimensiones truncadas aún pendientes.

 ¿Será posible concluirla, inculcar su doctrina en la conciencia dominicana, lograr su ideal de nación? La respuesta la tiene toda  la ciudadanía, la juventud, los líderes emergentes.

Si Duarte estuviera entre nosotros nos invitaría a aferrarnos a utopías liberadoras, a atrevernos a soñar. Nos inculcaría  optimismo, cohesión, recordándonos que la nación es una y una debe ser la dirección de la lucha para engrandecerla.

 Por eso, al instar a la  unidad expresó:

Todo pensamiento de mejora en que el sentimiento nacional se postergara a la conveniencia de partidos, debía siempre reprobarse, porque puesto en ejecución constituía delito de lesa patria.

Sin variación sustancial. Han transcurrido 169 años de la Independencia. Hoy tenemos otras realidades. Mas, en esencia no hay variación sustancial en las aspiraciones humanas: libertad, justicia, equidad, progreso, paz. 

Necesidades vitales a las que se oponen las mismas ambiciones   que antes las obstruían,  los mismos intereses  que generaban intrigas y discordias.  

  Es tiempo de poner en práctica la concepción duartiana del Estado, condensada en su proyecto de Constitución, en el ejemplo de su vida. 

Duarte nos dejó valiosas pautas de la práctica política, del ejercicio del poder y la conducta ciudadana, de gran vigencia para edificar un Estado funcional, con un marco institucional que garantice la la   legalidad y sustentabilidad de un modelo de desarrollo incluyente, libre de patrimonialismo y   clientelismo, de  corrupción e impunidad.

Su misión trascendente  quedaría concluida cuando la formación cívica y moral se traduzca en el comportamiento  personal y familiar, en una práctica ciudadana responsable, en el compromiso de defender los  derechos civiles, económicos, políticos y sociales.  Así,  adoptando el patrón de conducta del patricio,  podremos construir el país de sus sueños.

Sinfonía Vegetal
a  Juan Pablo Duarte
                 
Hay que volver la cara hacia las hojas verdes de febrero
hoy que hasta las llanuras
desean tus palabras
subterráneas,
complácenos, olvida tu
uniforme de barro.
comandante Juan Pablo,
estos silencios desean tus
palabras,
acompáñanos en cuerpo,
acompáñanos en alma,
reprende a los monstruos,
para que no le echen mas cizaña a la patria.
insistimos en tus foramas
libertarias,
comandante Juan Pablo!
tu que ayer destruiste los
dolores de la siembra
enlutada,
tu que supiste entregarnos una patria con colmenas y salmos.

Juan Sánchez  Lamouth.

Juan Pablo Duarte:

…No hay reposo sino en la tumba; y pues que el amor de la Patria nos hizo contraer compro- misos sagrados para con la generación venidera; necesario es cumplirlos o renunciar a la idea de aparecer ante el tribunal de la Historia con el honor de hombres libres, fieles y perseverantes”.

Dios ha de concederme bastante fortaleza para no descender a la tumba sin dejar a mi Patria libre, independiente y triunfante”.
La política no es una especulación sino la ciencia más pura y la más digna, después de la filosofía, de ocupar las inteligencias nobles”.


1. Constancia
La constancia,    un puente entre el deseo y la realización que JPD cruzó desde que llegó de España hasta lograr la Independencia, el cual  hoy debemos  transitar en la  forja de  la nación que él soñó. Este valor se vincula a la paciencia, la más heroica de las virtudes porque carece de toda apariencia de heroísmo. Aplicada con  constancia, hasta la gota horada la piedra.

2. Amistad
Duarte rindió culto a la amistad, ese lazo espiritual  cultivado en un clima de confianza, que busca dar en vez de recibir, que supone  generosidad,  desinterés, solidaridad, la posibilidad de mutuos sacrificios. JPD  sabía inspirarla, era un hombre de amor, con un apasionado corazón.  Sus amigos lo veneraban, ponían fervor y pasión en sus cartas, él también les escribía con el alma, encendía la pasión al hablar de  la patria.

En una de ellas cita a un poeta inglés y expresa: “…Si bien dice Young  que cual las flores se cierran a la caída de la tarde,  así el corazón del hombre en la tarde de la vida”, el mío aún ha permanecido abierto al amor de mi Patria y a los encantos de la amistad, y hallándome aún dispuesto y como en los primeros días de mi adolescencia a sacrificarlo todo en sus aras”.