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LAS IGNORADAS “MUJERES NUEVAS” DE LA HISTORIA

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Debo a José Martí y a su exigencia de la valorización de la cotidianidad, y en ella de la mujer: “La prueba de cada civilización está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce”, la búsqueda de las sujetos anónimos del proceso histórico.

Esta tarea, “vinculada a la dinámica de la cotidianidad, de la educación no–formal, de  la institución familiar donde la mujer tiene una acción protagónica en la transmisión tanto de las tradiciones culturales, como del contexto histórico”, me llevó a la investigación sobre el papel de la mujer en la historiografía latinoamericana y caribeña, como sujeto histórico.

En Puerto Rico se publicó un libro de texto que se llamó YO TAMBIEN SOY AMERICA, para que la infancia aprendiera sobre la existencia del sexo femenino en la historia de América, en lo referente al “descubrimiento, colonización, esclavitud y movimientos de independencia”.

En ese libro aprendemos que de un total de 124 personas enlistadas en los  textos de quinto grado solo diez son mujeres, destacadas fundamentalmente por su rol de esposas y madres.  Aprendemos que en el primer viaje de Cristóbal Colon no había ninguna mujer a bordo; que en la expedición de Hernán Cortez a México solo había una mujer de Castilla; que en la primera expedición colonizadora del Nuevo Reino de Granada, en 1540, solo había seis mujeres, y que en la expedición que en 1574 concluyó con la conquista  de Costa Rica había 58 mujeres y 275 hombres.

Ya desde el tercer viaje de Cristóbal Colón, la Corona Española ordenó que por cada 300 hombres viajaran a América por lo menos 30 mujeres españolas, y en las primeras reglamentaciones  se exigía a los colonos que vinieran con sus familias.  A los casados que estaban en América se les dio un plazo de tres años para que sus esposas se reunieran con ellos y se decidió enviar esclavas blancas cristianas a las Indias Occidentales, o sea mujeres de descendencia musulmana (o Moriscas), que habiendo sido hechas prisioneras fueron convertidas en esclavas y constituyeron el único grupo de mujeres “españolas” presentes en la conquista del Virreinato del Perú.

En la colonización, las mujeres jugaron el papel más permanente y estable, por eso entre 1509 y 1538, diez de cada autorizaciones  de viaje registradas fueron otorgadas a mujeres, la mayoría solteras, hijas, casadas, o viudas.

El mismo papel, pero desestabilizador de la colonia, jugaron las mujeres negras en la lucha abolicionista, las cuales fueron embarcadas para “apaciguar la rebeldía de los esclavos”, desde 1501, mediante permisos que exigían que por lo menos la mitad de los futuros esclavos fuesen mujeres.

Mediante la Orden Real de 1775, los dueños de esclavos debían pagar un impuesto de tres pesos por cada esclavo y de un peso por las mujeres.   Aunque iguales en el trabajo esclavizado, las  esclavas también sufrían la esclavitud doméstica, como jornaleras y esclavas de tala.

Son muy pocas las mujeres  negras que  en la lucha por abolir la esclavitud fueron reconocidas por  historiadores de la época.  En Santo Domingo, María de Jesús, participante en la rebelión de esclavos llamados “Bienbeses”, en el siglo XIX.  Logró notoriedad porque fue capturada y traída a la ciudad donde “fue bautizada con el nombre de María de Jesús”.

En Puerto Rico, Eleuterio y Fabiano se reportan como las primeras esclavas en someter a sus amos a la justicia por haberles negado la libertad.  Como ellas, también lograron notoriedad Juliana de los Cangrejos y Elvira de Ponce, por haberse fugado de sus poblados antes de la abolición de la esclavitud.

Ya en la época de la Independencia, Mariana Grajales, madre de Antonio Maceo, a quien se le atribuye nacionalidad dominicana, y María Cabrales, esposa de éste, se convirtieron en leyendas como fundadoras de la “Tribu Heroica” que acompaño a los independentistas cubanos en sus guerras emancipadoras.

Es precisamente en la lucha por la independencia donde comienzan a hacerse notar los nombres de las heroínas:  las que sirvieron de correos, como la campesina Juana Escobar, de Nueva Granada; y como vigilantes de los movimientos de tropas españoles (1819); las soldadoras, provenientes en su mayoría de la clase campesina, quienes acompañaron  las tropas libertadoras, las curaron, alimentaron, guiaron,  y defendieron, al margen de la prohibición del General Santander, del 1819, sobre “la concurrencia de mujeres en el ejército”:

“No marchará en la División mujer alguna, bajo la pena de cincuenta palos a la que se encuentre”.

Prohibición que no llegó hasta el Alto Perú, donde Juana Azurduy de Padilla tenía su propio ejército de Amazonas y llegó a ostentar el rango de teniente coronel del Ejército Argentino. Bolívar la reconoció, ya muy anciana, durante su visita a Bolivia, diciéndole que el país no debía llevar su nombre, sino el de ella.

Esto en el campo de las armas, porque en el doméstico fueron miles las mujeres que  aportaron ayuda económica y material a los ejércitos libertadores, como el Grupo de Damas Argentinas que en 1811 cosió 20,000 camisas para los combatientes, con mejor suerte que Mercedes  de Reyes, patriota fusilada por haberle confeccionado el uniforme a Bolívar.

Debo a Eduardo Galeano y la extraordinaria bibliografía que compilo para su Memoria del Fuego, el descubrimiento de las mujeres sujeto de nuestra historia.  Armada con sus referencias salí,  a buscar a Manuela Sáenz, para encontrarla en la biografía de Antonio Rumazo: LA LIBERTADORA DEL LIBERTADOR.

Debo  a esa bibliografía el conocimiento de Flora Tristán, y su UNA MUJER SOLA CONTRA EL MUNDO  y,  MEMORIAS DE UNA PARIA.  Descubrir que fue ella y no Marx, quien primero planteó: OBREROS DEL MUNDO UNIOS, me llenó de orgullosa alegría.

Ir encontrando a estas mujeres ha sido una tarea ardua  y amorosa que me ha conducido  hasta el conocimiento de Tina Modoti, Domitila y Rigoberta Menchú y otras heroínas recientes de una historia que apenas menciona el holocausto de Policarpa Salabarrieta (colombiana), y  Maria Trinidad Sánchez, fusiladas por su lucha por la independencia; o de Rosa Duarte,  que apenas se comienza a reconocer hoy en nuestro país.

Tanto Manuelita Sáenz como Juana de Azurduy, fueron enterradas en fosas comunes, después de envejecer en la mayor oscuridad y pobreza, así como muchas otras “madres de la Patria”, cuyos bustos y nombres no adornan los lugares  donde nacieron, el país por el cual lucharon.

Falta aun por  reivindicar, a las esclavas de los palenques, las amazonas, las sodaderas, las Cochabambinas, las “Tribu heroicas”, las heroínas modernas de la Plaza de Mayo, demandando conocer el paradero de familiares; las que han muerto en El Salvador, trabajando por los derechos humanos; las campesinas que hoy luchan en Santo Domingo contra las compañías mineras que destruyen su medio ambiente; las que en Cuba dejan de comer para que  hijos e hijas puedan sobrevivir las obsesiones  particulares de cada presidente de los Estados Unidos  y sus embargos.

Y, falta reivindicar a las guerrilleras, anónimos soldados de tantas batallas, que por no haber triunfado rara vez cuentan y se cuentan, entre otras razones porque no tenían tiempo para, como el Che, escribir un diario, y por ende ser denominadas como  “mujeres nuevas”, que lucharon por la construcción del afamado “hombre nuevo”, a costa de un ya muy prolongado anonimato.

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