Las implicaciones políticas de la clase media

Se ha señalado que lo que en última instancia define a los segmentos de clase media es un deseo creciente de consumo, lo que contribuye a impulsar la demanda de bienes y servicios de calidad. El estilo de vida de estos segmentos se vincula con gastos en artículos y servicios de lujo, vacaciones, propiedad de vivienda, propiedad de automóviles, mayor preocupación por la calidad de la educación de los niños, etc. Por lo tanto, la expansión de los segmentos de clase media, producto del incremento de los ingresos, representa una gran oportunidad para el crecimiento económico de los países debido al rápido aumento de la demanda interna de bienes y servicios esenciales y no esenciales.
Sin embargo, la importancia de la expansión de los segmentos mencionados no se reduce solo a lo económico. Su expansión se produce acompañada de cambios en las actitudes y preferencias de quienes los integran lo que repercute en el contexto político y social en el que se desenvuelven. Según un informe de la OCDE, cuando los segmentos de clase media alcanzan niveles de al menos un 30% de la población, sus miembros alcanzan un poder colectivo que les permite exigir mejores bienes y servicios públicos con mayor eficacia. Además, el aumento de su tamaño se asocia con la necesidad de un mayor gasto público en salud y educación, con una mayor presión para que se reduzca la corrupción a nivel gubernamental y por una mejor calidad de la gobernanza en lo relativo a la participación democrática.
Muchos estudios sostienen que una característica de los segmentos de clase media es su alta propensión a defender la democracia, manteniendo hacia ese sistema un espíritu crítico y de control de su funcionamiento. Pero la actitud de la clase media de defensa de la democracia se da siempre y cuando esta garantice estabilidad, buen gobierno y la posibilidad de seguir mejorando las condiciones de vida. En un contexto de retroceso económico, de incertidumbre política y de gobierno cuestionado, la clase media tiende a una de dos: o propicia el cambio de gobierno en el marco del sistema de partido vigente o tiende a radicalizarse apostando a soluciones extremas, tanto de izquierda como de derecha, que cuestionan el funcionamiento del sistema democrático. Los acontecimientos que se han venido produciendo en los últimos años en Estados Unidos, Europa y en varios países emergentes, confirman lo señalado.

De lo expresado podemos sacar algunas lecciones para la República Dominicana. Lo primero es que a los segmentos de clase media no solo le importa el buen desempeño de la economía; le importa el funcionamiento de la democracia. Si se siente insatisfecha con el funcionamiento de la democracia, se produce la pérdida de confianza en las instituciones del sistema democrático y eso es lo que parece está ocurriendo en nuestro país donde solo un 22% de los dominicanos se siente satisfecho con el funcionamiento de la democracia. Una expresión concreta de esta situación son los bajos niveles de confianza en las instituciones del régimen democrático: el poder judicial con 21%, el Congreso con 20%, los partidos políticos con 14%, el tribunal electoral con 30% y en el gobierno con 22%.

El PLD, inmerso en una lucha interna que está poniendo en peligro su unidad, parece que no ha entendido los cambios sociales que se han producido en el país en los últimos 15 años y sus consecuencias políticas. Cuidado con una sorpresa.