Las infecciones y el Dr. Marcelino Vélez Santana

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La pasada semana “conversamos” acerca de la graduación de un diplomado que sobre las infecciones fue auspiciado por la Universidad Interamericana y la Academia de Ciencias, coordinado por el Dr. Luis Elpidio Feliz. No les niego que al revisar tópicos sobre microbios y bacterias, vino a mi mente quién nos las enseñó. La figura de uno de los médicos que más he admirado y respetado, el Dr. Marcelino Vélez Santana. Las razones de mi admiración son múltiples y es de lo que quiero “conversar” con mis amables lectores, en esta mañana dominical y como homenaje póstumo a este hombre superior, de conducta intachable y de una moral basada en uno de los principios que más admiro en los seres humanos: “la coherencia”.

Fui vecino de este prototipo de médico, siempre actualizado, ejemplo de esa mezcla hoy muy rara, de Hipócrates y el médico –tecnologicum- actual. Fue un hombre sabio, y reconozco públicamente que no solo fue Don José Silié Gatón quien me “indujo” a ser médico, con juguetes y regalos infantiles de equipos médicos o de un microscopio a los 12 años de tal calidad que lo usamos en las aulas universitarias para prepararnos para los exámenes de histología y otras asignaturas. Fue por igual Don Marcelino Vélez, desde nuestra adolescencia temprana fuimos vecinos en la calle 30 de Marzo. El esposo de doña Gladys Pacheco, una santa, que nos permitía hacer desórdenes y escuchar música rock en su casa y luego nos brindaba dulce de naranja, que aun recuerdo. Del matrimonio nacieron Gladys Dolores, Carlos Eugenio (Macho) Marcelino (Chichi) e Ignacio Augusto (Papatón). Este romanense ilustre se recibió de médico en el 1945, con trabajos previos en el hospital militar “Marion”, la Oficina Sanitaria y el hospital Padre Billini.

Esa –coherencia-que tanto admiré en este prohombre, se inició desde sus estudios universitarios complotando contra Trujillo, fue el primer médico que vio su cadáver. Sufrió cárceles y martirios. Luchó por el retorno de la constitucionalidad armas en mano en la revolución de abril y fue Ministro de Salud del Gobierno Constitucional en Armas del Coronel Caamaño. Recuerdo una ocasión, yo un mozalbete al visitar al tío Fernando Silié Gatón, Ministro de Educación en ese entonces en la zona constitucionalista, que estos dos ministros muy valientes y doctos, en un ameno coloquio se disputaban la paternidad afectiva para conmigo. Luego en la universidad, fue mi profesor de dos materias y muy honrosos nos sentimos de que apadrinara nuestra tesis de grado, sobre el polio, que logró notas excelentes y presentada luego en dos congresos, uno nacional y otro internacional por sus aportes en valorar la inmunología obtenida de las vacunaciones contra el polio y fue usada entonces como referente latinoamericana por la Organización Panamericana de la Salud, todo gracias a él. A mi regreso de Londres, ya neurólogo, tuve el alto honor de ser su médico hasta el final de sus días terrenales. El hospital de Herrera lleva su nombre, muy bien dirigido por el colega neurólogo Dr. Luis Danilo Pichardo, a quien felicitamos.

Por su fecunda vida político-social, hospitalaria, en el Colegio Médico, sus aportes a la enseñanza universitaria y como fundador de las cátedras de Microbiología, Infecciosa y Semiología no solo en la UASD de nuestros amores, sino por igual en las universidades INTEC y UCE, debemos recordarlo con admiración, pero nos faltan su inteligencia penetrante, su inspiración angélica y poderosa, junto a su voluntad creadora. Estuvo siempre del lado de los mejores intereses de la nación dominicana, rebelde permanente, con una militancia que no cesó hasta el final de sus días a los 74 años, una tarde plomiza del 1995 ¡Loor a su memoria!