Las maldades y bondades de Trujillo

Las maldades y bondades de Trujillo

Fabio Herrera Miniño.

Han transcurrido 63 años desde que un grupo de arriesgados y valerosos dominicanos asumieron el rol que debió corresponderle a otros cientos de dominicanos que en el confort de sus hogares vivían bajo el cuidado de una dura mano generosa con tal de que no opinaran y actuaran en contra del régimen. Podían permanecer tranquilos y dedicados a sus actividades.

Los 63 años transcurridos desde el asesinato de Trujillo, por un grupo de hombres muy comprometidos con el Jefe, decidieron resarcirse de ese san Benito y ofrecerle a sus paisanos una imagen de hombría y decisión que culminó cuando ese grupo de valientes arremetieron en contra de un anciano dictador acompañado de un solo guarda espaldas para ponerle fin a 30 años de oprobios, maldades y temores de no verse acusados de opositores al régimen.

En 1961 Trujillo experimentaba los síntomas de la vejez que afectaba en parte sus reacciones, pero en el momento supremo de su muerte supo defender su vida hasta el final siendo masacrado por las balas justicieras de sus perseguidores que luego fueron ultimados por los restos de la dictadura en su periplo de venganza en contra de quienes les habían arrancado la vida al hombre que supo organizar el país domesticándolo y tener un gobierno estable de 30 años.

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A medida que el país se abría a las comunicaciones entre los pueblos, y ya la ocupación americana había terminado en 1924, los políticos dominicanos retornaron a sus tradicionales pugnas por la supremacía de sus ambiciones y pretensiones de convertirse en poder. No sabían que a la vuelta de pocos años le esperaba una soberbia fuerza que ya tenía sus planes trazados, diseñados en base a la estrategia norteamericana de limpieza y control de la disidencia.

En 1930 se apagó la democracia. Los políticos, o se apagaron o fueron absorbidos por el nuevo dictador o prefirieron ser valientes enfrentándolo y fueron liquidados sin piedad por una fuerza represiva brutal e incontrolable. La paz se impuso y el país inició por primera vez una etapa de realizaciones donde un intenso programa de obras públicas abarcó el país entero en especial con las vías de comunicación y los respectivos puentes.

Trujillo poco a poco fue tomando el control del país. Estaban en venta las lealtades políticas que guardaron sus ambiciones para tiempos mejores. Una nueva clase política se fue formando al amparo de la dictadura que no aceptaba disidencias. Pero el dictador brindaba beneficios a la clase pobre con los programas sociales de escuelas y de hospitales a la vez que procuraba mejorar el servicio eléctrico en manos privadas.

El Jefe, como se le conocía coloquialmente, recorría con frecuencia el país con escasa escolta e iba a las inauguraciones de obras, visitar a sus amantes en los pueblos o compartir con amigos en bailes que se organizaban en los salones sociales construidos por órdenes suyas.

Pero todo se dislocó para el régimen en 1959 cuando en Cuba triunfó Fidel Castro y de inmediato se comenzaron a preparar fuerzas de dominicanos exiliados para organizar una expedición que viniera a derrocar a Trujillo, la cual prosperó en junio de 1959. Desde entonces, la apacible vida dominicana se alteró hasta culminar con la muerte del dictador y prosiguieron las inquietudes hasta 1965 cuando estalló un movimiento cívico-militar para supuestamente reponer el régimen que había sido derrocado en 1963.