Las memorias pendientes de Atanay

ÁNGELA PEÑA
Tiene una deuda pendiente con la historia política y del periodismo dominicano: escribir sus memorias. Porque él fue actor, testigo, protagonista, víctima, del agitado acontecer nacional tras el ajusticiamiento de Trujillo y porque ha ocupado  posiciones significativas en innumerables medios de comunicación. Nativo de San Pedro de Macorís, desde los doce años vivó en la capital hasta mayo de 1965. Se había asilado en la embajada de Guatemala, de allí lo llevaron al hotel El Embajador y desde ahí, en helicóptero, al portaviones USS Ramkin, “que era la base principal de la Ocupación Militar Norteamericana en el país”.

En el portaaviones, cuenta, “estuve un par de días, de ahí nos trasladaron a mansos y cimarrones a la fragata-correo norteamericana, y a los pocos días nos llevaron en barco a Puerto Rico”.  “La razón de mi asilo era salvar el pellejo. Había trabajado para Rafael Bonilla Aybar, y él se había constituido en algo así como un pecado mortal para izquierdistas… y también para muchos derechistas. A mí me identificaron como su compinche”, cuenta don Reginaldo Atanay, quien mantenía la sección “Al tanto de la cosa”, en la que hacía comentarios cuando “Bonillita” no podía asistir a su “Periódico del Aire”, por Rahintel. Dejó de trabajar con él siete meses antes de la guerra. “Comentaba de todo, sin censura, y como sabe, en el medio criollo los órganos de prensa, todos, tienen sus cedazos, preferencias, sus vacas sagradas y malditas”.

No fue a la universidad, pero tiene una cultura tan grande como su alma. Tal vez se deba a sus incesantes lecturas y a que entró a trabajar en el Archivo General de la Nación muy joven, como mensajero, pero no ejerció esa función: sirvió de asistente a Pedro  Vergés Vidal, Julio Jaime Julia, César Herrera Cabral, Emilio Rodríguez Demorizi, quienes le encargaban corregir sus libros. En esa época escribió el prefacio a una obra de Juan Sánchez Lamouth, publicaba poemas y artículos en El Caribe y fundó un mensuario: El Cervantino, hasta que pasó como reportero a La Nación donde también mantuvo las columnas “Actualidades” y “Como en Botica” y colaboraba con la “Antología del Humor”.

Don Reginaldo, quien por cubrir fuentes políticas conoce interioridades no reveladas del liderazgo y de situaciones de entonces, estuvo sujeto a los vaivenes de la vida pública. Residió en España, donde escribía novelitas rosas y, de nuevo en Santo Domingo, Gregorio García Castro logró que Julio César Martínez lo empleara en el departamento de prensa de Radio Televisión Dominicana, en el gobierno de Juan Bosch, a quien trató muy estrechamente, pero de quien recibió grandes decepciones. Escribía editoriales para Tribuna Democrática, del PRD, en el que se había inscrito “después que salí de La Nación, donde Alberto Malagón y Ramón Lacay Polanco no quisieron publicar una nota mía en la que daba cuenta de los golpes que me propinaron en El Conde. Malagón, quien luego se hizo revolucionario, y quien era jefe de redacción, me dijo que “nada de eso, usa la imaginación”. “Debes imaginarte mi reacción”, comenta. “Cuando Balaguer se asiló, Bosch salió hacia Costa Rica, en medio de los grandes disturbios callejeros. Vi que esa fue una irresponsabilidad de Bosch y renuncié al PRD, nota que se publicó en los periódicos”. Es posible, recuerda ahora, “que Bosch me guardara eso. Años después conocí al Coronel Calderón, que fue jefe de la escolta de Bosch. Me dijo que le dijo a Bosch que me había conocido y que Bosch le repuso: “Cuídate de Atanay, que es inteligente y perverso”.

Don Reginaldo reside en Miami junto a su esposa Ana Matilde y produce un periódico digital. Estos testimonios, extensos, me los ha ido enviando a petición. En el país tuvo críticos, censores, enemigos, pero a ninguno guarda rencor, ni siquiera a Corpito Pérez que por molestarlo, y en remedo de su nombre, escribía una columna en Renovación nada menos que con el seudónimo de “Atanagildo Guay-guay”.