Las minorías merecen respeto

En la democracia, que es un régimen apoyado en la consulta permanente, el arte de bien gobernar consiste en tomar en cuenta los pareceres de las minorías y valorar la razón de las disidencias. Cuando los pueblos otorgan poderes a través del voto, hacen reserva del derecho a opinar y disentir de estilos de ejercicio del poder otorgado cuando individuos o grupos de individuos pretenden avasallar e imponer criterios no siempre acordes con el espíritu democrático. Como la misma libertad de palabra, las disidencias son un derecho que la democracia garantiza y que tiene que ser respetado desde cualquier instancia del poder. La solidez de la institucionalidad democrática tiene que descansar precisamente en el equilibrio entre el ejercicio de los poderes y el de los derechos.
La dirección en que se ejerció el voto mayoritario para otorgar los poderes públicos marca una preferencia en cuanto a quienes deben ostentar esos poderes, pero es absurdo y peligroso plegarse a la creencia de que esa preferencia anula los derechos de quienes fueron votados en cantidad minoritaria. La democracia es y tiene que ser una dinámica de consulta, de consensos y disensos y de ejercicio pleno de los poderes y los derechos. En estos tiempos hemos estado escuchando muchas expresiones que pretenden desconocer la validez de las posiciones de minorías políticas, en un arranque de despotismo maquillado que no le sienta bien a nuestra democracia.

Drogadicción bajo foco errado

La adicción a las drogas ha crecido en el país al amparo de la ausencia de políticas de Estado que ataquen sus causas y modifiquen el enfoque penalizante del consumo. Y aunque duela decirlo, el narcotráfico fue más visionario que las autoridades cuando decidió pagar en especie los servicios locales de trasiego macro y micro, a sabiendas de que ese estilo impulsaría un mercado de consumo tan grande como el que tenemos.

Nuestro enfoque actual del problema de la adicción convierte al adicto en doble víctima: por un lado es un rehén del vicio y, por otro lado, es víctima de la autoridad del Estado, que lo penaliza en vez de ayudarle a desprenderse el hábito, que no es más que una enfermedad. Hay que diseñar estrategias de rescate de adictos más consistentes y efectivas, para restarle gente a ese mercado de demanda que crece y crece.