Las muertes de José Martí

ROGELIO OBAYA
Enero se aleja con una efeméride muy significativa para los cubanos: este año asistimos al 155 aniversario del natalicio de José Martí, referencia de indudable universalidad en las letras y la política.

Este insigne patriota cubano, a quien Gabriela Mistral definiera como “el mejor hombre de nuestra raza”, nació el 28 de enero de 1853 y vivió sólo 42 años, tiempo más que suficiente para dejarnos una enorme obra humanística de insuperable calidad y alcance. Su legado eminentemente ético es hoy de un valor y de una trascendencia tal que lo coloca a la par de los espíritus más sobresalientes de la historia de la humanidad.

A casi doscientos años de distancia de aquel acontecimiento que decidió para siempre el destino de Cuba, no pierden ocasión de darse cita los que le rinden el justo homenaje, pero también, muy por su lado, quienes buscan, lejos de honrar, entregarse a la nada loable tarea de utilizar nuevamente al autor de Nuestra América para alimentar pretensiones de bandería, minando sin piedad el terreno de los hechos y escamoteando el paradigma que representa.

Es en este acontecer donde resultan cuando menos risibles las piruetas intelectuales que se puede gastar un Carlos Alberto Montaner  por no agotar el corro de sus seguidores locales, para servirnos la tesis de que Martí se convirtió en la “figura clave de la sociedad cubana”, no precisamente  y ante todo  por sus méritos de revolucionario arquetípico, sino gracias a nuestro emocionalismo originario, a la frustración de la era postcolonial y, en suma, a nuestra intrínseca incapacidad cultural de responder con éxito al modelo de los señores del Norte.

Hay que ver cómo a lo largo de su exposición Segunda muerte de José Martí, joya de una simpleza inaudita, este señor omite, por ejemplo, el desenlace traumático de la guerra entre Cuba y España, que tanto costó a una y a otra y el verdadero impacto que tuvo la intervención norteamericana en la vida cubana durante más de medio siglo después de la muerte de Martí en Dos Ríos. Es  dice Montaner  “dentro de ese juego dialéctico en el que la figura de Martí se engrandece paulatinamente con cada fracaso que sufre el país, con cada político que defrauda a la sociedad, con cada elección amañada”, sin dejarnos siquiera el menor resquicio para entrever la responsabilidad probada que tenía en todo eso el poder de fondo que manufacturó el teatro republiquero desde Estrada Palma hasta Batista, y que después condujo a la radicalización de posiciones de la fuerza triunfante liderada por Fidel Castro.

Muy distante de admitir un ápice que la desgracia política de Cuba lleva impresa indiscutiblemente la huella de la ambición expansionista y subyugadora de Estados Unidos, tan temida y avisada por Martí, Montaner cree, no obstante, que “la República se desplomó por la acción, también antirrepublicana, de los revolucionarios del 33, ya muy permeados por las prédicas socialistas y fascistas propias de la época”.

Puede ver, incluso, como “una gran ironía” que la Revolución, al usar al Apóstol para autoafirmarse, lo que ha conseguido es provocar en el pueblo un distanciamiento y un rechazo hacia el origen independentista de la nación con Martí a la cabeza, pero no repara o no le importa en absoluto que todo su contorsionismo retórico y poco honesto para convencernos lleva precisamente a producir el mismo efecto devastador.

Debemos declarar que si para Carlos Alberto Montaner “carece de sentido” convertir a José Martí “o a cualquier otra figura histórica en el nexo fundamental de la sociedad cubana, como los cristianos hacen con Cristo o los musulmanes con Mahoma”, afortunadamente para muchos, infinitamente más que los que suman él y su lánguido grupo de teorizandos, sí tiene el más soberano sentido seguir reconociendo en Martí ese vínculo esencial de los cubanos, a pesar de todo y de todos los que no soportan el ejemplo de una vida entregada en permanente desvelo sacrificial por el bien y el decoro de los otros.