Las ofrendas al Jefe

FEDERICO JOVINE BERMÚDEZ
Los capitaleños siempre carecieron de formas prácticas que les permitieran ganarse su sustento, que no fueran la usura, las delaciones frente a tal o cual gobierno o la práctica de una lambisconería que les permitía a todas las familias tradicionales sobrevivir a costa del magro presupuesto de la Nación; de tal forma que aún subsiste perdida en la nebulosa realidad de los refranes la noción de que a los niños nacidos en el seno de tales o cuales familias de las que conformaban la élite capitalina los sacaban de la Pila Bautismal para inscribirlos en el Presupuesto Nacional.

Así nacían y crecían como parásitos los tajalanes que por ausencia de una verdadera moral social devendrían, más tarde que temprano en próceres salvadores de la Patria, bien porque sabían bañar los perros del mandón de turno; bien porque soportaban las bofetadas que han de ser repartidas de cuando en cuando por los tiranos, para reafirmar su capacidad de castigo, aún a costa de sus mejores servidores. Claro, que todo sacrificio tiene su precio, por lo que siempre existen tarifas establecidas discrecionalmente, por Ej: a tantas cachetadas por finca de tabaco o de cacao (según el rubro que se encuentre en alza en los mercados internacionales) de las explotaciones que posee el Estado.

Claro que existen toda suerte de tarifas y de costos para otras entregas, por Ej: si usted tiene la capacidad de entregarle su esposa al tirano para que éste en nombre de la Patria se la siquitrille, usted se hace merecedor de un accésit al título de la Bahía de Samaná. Si por el contrario logra interesar al déspota en el apetecible cauce de su hija y éste se decide a desfondarle el cauce, el curso y la cuenca con su propia perforadora, usted se convertirá en ganador de millares de tareas de terrenos; de dos o tres picos de la cordillera con bosques de ébano verde y de caoba incluidos; así como de los derechos de prospección de cuantas minas de oro, de plata o de hierro a usted se le ocurra identificar a través del territorio nacional.

Pero con Trujillo eso nunca había ocurrido hasta que un día, uno de aquellos próceres temeroso de que el favor del Jefe se volatilizara a favor de los hombres del Cibao, propuso en una reunión celebrada a puertas cerradas en el abyecto ambiente de una de aquellas letrinas que hacían las veces de residencias familiares, que al Jefe hay que llevarle una de las jóvenes de la capital, envuelta en la bandera, como un regalo de todos porque a partir de eso sabremos cómo es que canta el gallo. Puestos de acuerdo ubicaron una hermosísima joven de esas de agotado abolengo, a quien luego de ponerla en autos se la chubaron al generalísimo, quien al percatarse de que sólo tenía puesta la bandera le dio por el Dios, Patria y Libertad, del mismo centro del escudo con la fuerza de un toro.

Comprando el favor del tirano con aquel aparatoso subterfugio, el Jefe sopesó la situación otorgándole al padre de la niña el rango de subsecretario en una de sus carteras y otorgándole a cada uno de aquellos amanuenses el envenenado favor de su sonrisa. Gracias a Dios ellos habían descubierto la forma más sencilla de capear el temporal, pero Trujillo confirmó que todos carecían de moral y que de ahí en lo adelante podría cogerle las mujeres y las hijas, “sin gastar ni un quiquí” ya que para cubrir tales menesteres, el Estado era una fuente asaz inagotable.