Las Patrias mueren por desamor

José Báez Guerrero
 
j.baez@codetel.net.do
Llega otra vez el 27 de febrero y como siempre nos encuentra en una garata interminable motivada más que por amor a la patria por las luchas y rebatiñas en torno a intereses espurios, prebendas y canonjías, y todas las cosillas que proporciona el poder político.

Generales recién retirados participan activamente en política exponiendo su particular idea de cómo debe ser la nación; todos coinciden en la mano dura. Cualquiera creería que la disciplina social o las garantías de la ley siempre dependerán de algún hombre providencial, y me parece preocupante que esa idea cobre más cuerpo, porque la única dictadura necesaria es la del imperio de la ley, en libertad.

A mi me parece interesante — ya lo he dicho antes —  que varios de los países más influyentes en la historia reciente de la humanidad han alcanzado su grandeza a partir de la búsqueda de garantías y libertades individuales. Los padres fundadores de los Estados Unidos no se propusieron crear una república que sobrepasara o sustituyera a Inglaterra.

Entre nosotros, definir el sentido de la patria es un debate que aún no concluye. Historiadores brutos insisten en negar la importancia del patriotismo de héroes como Tomás Bobadilla o Pedro Santana, empeñados en juzgar sus actuaciones con parámetros modernos y descontextualizados; preservar la posibilidad de ser dominicano consistía primordialmente en evitar ser haitiano. Ningún prócer criollo posee la categoría suprema de Duarte.

Esos mismos historiadores rehuyen la discusión serena y civilizada de muchas interpretaciones corrientes de la historia, quizás temerosos de verse obligados a usar su criterio, ejercer la sindéresis o cuestionar juicios que vienen dañados desde su génesis, pues son de gente cuya participación en los hechos no tuvo mayor relevancia que recibir un tiro en la nalga, y en otros por megalomaníacos con autobiografías fantásticas.

Hay que redefinir qué significa ser dominicano. Ello requiere esfuerzos enormes, incluyendo acabar con la impunidad. El derecho a prosperar, con la menor cantidad de obstáculos y en libertad, ha sido la piedra angular de las naciones que los dominicanos más admiramos. No es que los políticos ayuden o fomenten nada, sino que estorben menos. Las Patrias mueren por desamor cuando sus ciudadanos carecen de dos cosas: libertad y prosperidad.