Las ondulaciones del desorden

Federico Henríquez Gratereaux
henriquezcaolo@hotmail.com
– Doctor, lo que en realidad me gustaría conocer a fondo son las causas del desorden social en los países de América. Tengo poco interés en averiguar los métodos de los científicos para descubrir “leyes” de la naturaleza. Para esos asuntos profundos de los físicos no estoy capacitado; reconozco que no puedo penetrar en cosas tan complicadas.

 No sé si el orden salió del caos, como lo dice el primer libro del Antiguo Testamento; la separación de la luz y las tinieblas, en el comienzo del mundo, es un problema ininteligible para mi. No me refiero al desorden en el universo; hablo, simplemente, del desorden en las oficinas públicas. Ese desorden es a veces buen negocio. Conozco un caso concreto que podría servirnos de ejemplo.

– En el Palacio de Justicia de Santo Domingo hubo una época en que los expedientes de los procesos se colocaban en el piso, unos arriba de otros. Con ellos se iban formando grandes pilas de papel timbrado. Para limpiar las habitaciones había que derrumbar las pilas y cambiarlas de lugar. En poco tiempo el rimero de papeles perdió los rótulos y las cubiertas que distinguían los diferentes procesos. Los jueces de los tribunales “localizaban” los documentos con ayuda de “buzos” expertos. Para celebrar las audiencias era necesario, previamente, que un “buzo” fuera “sumergido” en la “habitación-archivo” hasta encontrar los expedientes que se conocerían durante el día. Los acusados, finalmente, pagaban a los “buzos” crecidas sumas de dinero, lo mismo para encontrar documentos que para hacerlos desaparecer. Bedeles y ujieres llegaron a ganar muchísimo dinero en la búsqueda de papeles. Y también escamoteándolos para demorar los juicios.

– Con un índice alfabético ordinario habría podido resolverse el asunto; o con cajas numeradas o archivadores colgantes. Anaqueles de pino habrían servido, igualmente, para sostener documentos con lomos visibles y separados por un cartón. Pero nada resultaba más útil que mantener el desorden. Usted dirá que este caso es una minucia; y así es; lo cuento para explicitar un modelo que funciona, en forma parecida, en un montón de oficinas gubernamentales. Se ha extendido tanto que ya se ha convertido en una pauta general de los procedimientos de funcionarios en otras áreas: la educación no debe difundirse ni ampliarse porque los hombres, tan pronto adquieren conocimientos, aspiran a una vida mejor; y la educación los avispa para no dejarse engañar por los políticos; la moneda no debe conservar mucho tiempo el mismo valor adquisitivo… porque los altibajos monetarios determinan los beneficios de los especuladores. Si la moneda tiene menos valor, el salario, probablemente, no alcanzará para comer bien. Y así todos los asalariados apreciarán más las dádivas de los especuladores, los privilegios que conceden los ministros, las promesas de los demagogos.

– Desorden en el tránsito de vehículos es cosa que aprovecha a los policías, a los vendedores de automóviles y neumáticos, a los talleres de reparaciones. Desorden y debilidades en los cuerpos del orden público conducen al auge de los vigilantes privados, a la proliferación de serenos. Donde no hay seguridad es preciso instalar alarmas, mamparos de acero, barrotes reforzados. Negociantes oportunistas y políticos inescrupulosos suelen fomentar condiciones especiales para practicar diversas “pescas milagrosas”. Lo mismo puede decirse de ciertas obras públicas de dudosa utilidad. Construir estas obras ofrece la oportunidad de emplear jornaleros, crea entusiasmos cívicos, estimula algunos sectores de la economía. Pero para poder construir, la primera condición es que se destruya lo que se quiere reconstruir: calles, calzadas, carreteras. Existen personas ingenuas que desean que las carreteras sean preservadas. Pero no ocurre así; el desorden y la imprevisión las lleva rápidamente al deterioro para que puedan trazarse o rehacerse nuevamente.

– Los “grandes problemas” que discuten los partidos políticos en el Caribe antillano son semejantes al esquema elemental de la famosa “habitación-archivo”.       Discúlpeme si esta charla mía le aparta de cuestiones generales de mayor envergadura. En estos días estoy sumido en los centenares de pequeños obstáculos que confronta diariamente el “hombre de la calle”. Los periodistas trabajamos, esencialmente, para el mercado doméstico. Así como los errores deliberados en las actas del Registro Civil son fuentes de ingresos para los funcionarios encargados de corregirlas, los gobernantes caribeños señorean sobre el desorden; estimulan los desafueros para tener motivos para enmendarlos. Es una dialéctica pendular, permanente, parecida al ritmo yin-yang del taoísmo. ¿Los motivos de esta conducta, son económicos, políticos, de educación? Es, al parecer, un sabotaje colectivo auto infligido. Santo Domingo, R. D., 1993.