Líderes desahuciados

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FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX
“Sus ojos se cerraron / y el mundo sigue andando”/. Estos dos versos forman parte de un viejo tango sentimental. Un hombre enamorado descubre que tras la muerte de su amante – para él una catástrofe – el planeta continúa girando como si no hubiese ocurrido nada importante. Algo parecido, aunque menos dramático, “se manifiesta” cuando salimos de vacaciones y nos alejamos de nuestro trabajo habitual, del hogar o del país donde vivimos. Al regresar notamos que durante la ausencia nada se detuvo. “El mundo sigue andando” sin contar con nosotros, sin tomar en cuenta nuestras penas y alegrías. La gente muere, enferma, entabla procesos judiciales, emprende negocios, ama o sufre, como es habitual e inevitable. Y con los asuntos políticos pasa lo mismo.

En nuestro país se habla hoy de la reforma fiscal, de la reforma constitucional, de la “reforma eléctrica”, de la reforma judicial; hasta de la reforma y modernización del Estado se habla, se escribe, se discute. Hemos pasado la vida “reformando las reformas”: administrativas, judiciales, burocráticas. La única reforma que jamás hemos afrontado es la Reforma Política: la reforma de los procedimientos políticos, de los objetivos políticos, incluyendo la reforma del estilo de los discursos políticos. El pueblo dominicano ha asimilado hasta el fondo la amarga experiencia dictatorial. Santana, Báez, Lilís, Trujillo, son tiranos que nos sonríen, persuasivos, en los recodos de nuestra historia. Todos ellos “trancaban gente” y “partían cocotes”; y, además, enriquecían o empobrecían a este o aquel ciudadano, según “su mejor parecer”.

A partir de 1961 comenzamos a ensayar como vivir en un régimen pseudo – democrático, cuasi – democrático, proto – democrático, o en camino hacia la democracia efectiva. Con todas las debilidades que puedan mencionarse, este régimen -sin duda alguna- es menos humillante que la tiranía; pero es ruinoso y frustrante. Y lo es más a medida que crece la población y se extienden las ciudades.

El sistema de partidos en la reciente etapa democrática de la RD ha funcionado con grandes deficiencias. Hemos preservado, ciertamente, la libertad de expresión y difusión del pensamiento.

Gracias a ello los periódicos diarios, las emisoras de radio y televisión, han operado como instrumentos de vigilancia social, eficientes transmisores de hábitos democráticos. El sistema de partidos mantuvo relativa eficacia mientras cada partido estaba dirigido por un verdadero líder. En los momentos de crisis los lideres pactaban entre ellos, por encima de intereses particulares, pasioncillas individuales y aberraciones. Sus poderes de persuasión constituían valores sociales disponibles frente a cualquier emergencia. Balaguer, Bosch y Peña Gómez podían dirigirse a la población dominicana y ser escuchados por los segmentos de la sociedad fieles a sus orientaciones políticas o ideológicas. Al envejecer, enfermar o decaer, fueron suplantados por “ayudantes de campo”. Esos tres lideres ya han desaparecido del escenario político del país. Los dirigentes que les han sustituido, en los “organismos” internos de sus respectivos partidos, carecen del crédito publico necesario para suscitar adhesiones firmes.

La vida social de los dominicanos está hoy amenazada de quiebra por todas partes. Crímenes, asaltos, robos, violaciones, son noticias de todos los días. La policía, con frecuencia cada vez mayor, es incapaz de esclarecer los crímenes. A menudo los propios policías están involucrados en actos de delincuencia. La gente común siente que decrece la autoridad gubernamental. Los funcionarios públicos no son siempre respetados, ni como personas, ni como servidores del Estado. Transparencia Internacional nos ha clasificado como un país donde la corrupción aumenta cada año. Esa misma organización estima que Haití es el país más corrupto del mundo, posición a la cual se aproxima Irak. La influencia de Haití sobre la República Dominicana es visible en muchas áreas. El 80% de los trabajadores agrícolas de la RD son inmigrantes haitianos.

Los jornaleros haitianos indocumentados representan una cifra cercana al 20% de la población dominicana. Los países desarrollados apoyan a esos inmigrantes en nuestro territorio porque no desean tenerlos dentro de sus fronteras; por tres razones: por ser pobres, por no tener educación superior, por no disfrutar de buena salud. Nuestros políticos no han negociado con Centro-América, ni con los Estados Unidos, la posibilidad de que los emigrantes puedan trabajar en cualquiera de los países signatarios del CAFTA. Los emigrantes nicaragüenses asentados en Costa Rica, según parece, podrán trabajar en otras naciones de la región. Los emigrantes extranjeros que viven en la RD no tendrán esa oportunidad.

Los políticos dominicanos de hoy -con unas pocas honrosas excepciones- no tienen suficiente interés en que seamos una sociedad más productiva económicamente, menos injusta y mejor organizada. Los fraudes y abusos que se toleran a las empresas extranjeras apuntan en ese sentido. ¿Adónde van a parar los

impuestos que pagamos? Una buena parte de ellos va a las arcas de los partidos y a los bolsillos de sus dirigentes. El desaliento de los dominicanos, la estrechez económica, la inseguridad en las ciudades, son ingredientes de una sopa colectiva en la que hierve el descontento. Ese descontento tal vez haga posible la aparición de un nuevo liderazgo. Y de esta simiente nueva podría surgir la ansiada “reforma política”. Una reforma de los procedimientos y de los objetivos sociales de los dirigentes de los partidos.