Lecciones del Jesús sufriente
por Reynaldo R. Espinal

Las celebraciones litúrgicas cuaresmales en el mundo católico alcanzan su climax a partir del Miércoles Santo, día en que se inicia “El Triduo Pascual”, es decir, la conmemoración de los sublimes misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Tres realidades que en su vida es preciso verlas y comprenderlas en su concatenación indisociable.

La primera y radical lección teológica de la Semana Santa es que Jesús nos salva desde su humanidad sufriente.Los Judíos- hasta la fecha- no salen de su estupor y de su asombro ante la radical novedad de quien afirmó ser Dios y venir de Dios asumiendo la carne mortal y con ello el sufrimiento y la muerte.

Para ellos es y sigue siendo inconcebible que Dios asumiera la condición humana, dado que ello implicaría renunciar sin más a su magnificencia y su grandeza. Sus Sinagogas desprovistas de toda imagen nos aproximan a su concepción de que entre lo divino y lo humano media un abismo insalvable que recogen muy bien las palabras del profeta: “No es posible ver a Dios y vivir”.

Puede uno, por tanto, comprender la estupefacción de lo Judíos ante la afirmación de Jesús de que venía al mundo como enviado de Dios. Para ellos era el colmo del irrespeto y la blasfemia hacia lo divino.

Contrariando la lógica de su tiempo y la de todos los tiempos, Jesús viene a decirnos que el dolor y el sufrimiento humano no le son indiferentes. Asume salvar al ser humano desde su radical humanidad y salvarlo, como apuntaremos en otra entrega- de lo más radical que atenta contra su alegría y su esperanza: el sufrimiento y la muerte.

Esto resulta difícil entenderlo desde la razón- diosa celosa que inventó la Modernidad Occidental- y cuyo culto idolátrico al tiempo que nos desvela la verdad de muchas cosas nos encubre el sentido radical de otras. Para la realidad del Jesús sufriente prefiero lo que Pascal denominaba “Las Razones del Corazón”, aquellas “…razones que tiene el corazón y que la razón nunca podrá conocer…”. Las lecciones del Jesús sufriente sólo se entienden desde el amor. En todo caso, no sería captar en su radical significado el Misterio de la Pasión del Señor, pensar que Jesús era una especie de “Masoquista”, cuyo supremo deleite se cifraba en la humillación y el escarnio; antes bien, su oración al Padre deja muy claro que su condición humana le indujo a pedir ser exonerado del tormento de la cruz “…Padre si es posible pasa de mí este cáliz…”, lo que sin embargo no fue óbice para que al mismo tiempo su obediencia fuera radical y plena “…más no se haga mi voluntad si no la tuya…”.

Jesús era muy consciente de que su decisión de salvar al género humano implicaba también asumir la realidad del dolor, lo que no muchos de sus seguidores parece que hemos captado en toda su crudeza; preferimos un Cristo “melifluo” y “dulzón”, un Cristo “indoloro”, un Cristo a la medida de nuestras seguridades y nuestros egoísmos.

Una cosa es “amar el sufrimiento”, muy otra “aceptar el sufrimiento” inevitable. Amar el sufrimiento es una patológica conducta propia de “masoquistas”, aceptar el sufrimiento es pensar que muchas veces es el precio que hemos de pagar por amar verdaderamente: pensemos en la madre en vigilia ante la cabecera de su hijo enfermo; aceptar el sufrimiento es, además, hacernos conscientes de nuestra finitud y nuestra impotencia, de que no bastan títulos ni posesiones para librarnos de una crisis personal o familiar o una incurable enfermedad.

El Jesús sufriente no es un falso analgésico contra el sufrimiento. Solo ha venido a despojar a este de su vacuidad y su sinsentido, a hacerlo fecundo, a recordarnos que lo mismo que la muerte el dolor no tendrá en nuestras vidas la última palabra, algo muy diferente a la ilusa aspiración de quienes sueñan a cualquier precio pasar sin él.

reynaldoespinal@hotmail.com