Legado de un periodista

El día 13 del presente mes se cumplió el primer año de la trasmigración hacia una dimensión ignota de Mario Álvarez Dugan (Cuchito) y quienes lo amamos como el suscrito, podemos afirmar que no ha hecho falta, porque falta hace el que no está presente, y Cuchito ha estado cada día muy presente en mi estructura anímica.

Presente en primer término cuando percibimos que se “amuralló” de una coraza que le sirviera de parachoque de los múltiples dardos que el cúmulo de noticias de todas las vertientes ingresaban a su escritorio, sedaceándolas todas con el supremo gracejo del bromista empedernido que fue.

Presente cuando asimilaba los vértigos que entraña un tema peliagudo con su calma providencial, que a base de callosidad se transformó en filosofía para extraer lo positivo, conservando incólume el repudio a la manipulación.

Presente en sus interminables diálogos con Magino, que encarnaba al tipejo promedio de nuestra idiosincracia ligera y pendenciera y que a manera de consultorio siquiátrico nos explicaba con un estilo socrático nuevo las inconductas ciudadanas entre las cuales predominan la amnesia convencional y el “yo llegué ahora mismo” que popularizó en una tonada Daniel Santos, El Inquieto Anacobero”, monumento ingrato a la irresponsabilidad.

Presente en su rechazo palmario al insulto como estilo de periodismo, procurando la avenencia a la confrontación que esto último reditúa tan magro, y lo primero es faro de altruismo.

Presente en su aversión a la maledicencia y el murmullo artero, irresponsable y oxidante que domina la cosmovisión de no pocos, trocándolo por la mesura y la prudencia en los términos, calcando a Baltasar Gracián.

Presente porque su dimensión humana podría clonarse y esparcirse como la simiente buena, preñada de bondad y honestidad. Presente siempre, amado Cuchito.