Leila Roldán – Demasiados antivalores

La colección de artículos del valiente periodista Marino Zapete, titulada exquisitamente “La sociedad de los platos rotos”, viene precedida por un extraordinario prólogo a la firma de Alejandro Arvelo. En él he encontrado la mejor descripción de esa mezcolanza de situaciones extravagantes que conforman nuestra sociedad y que caracterizan el estado de inmundicia en que vivimos.

“Se insulta sin miramientos, se ordenan apresamientos sin derecho ni justificación, se amenaza con la investigación selectiva de fortunas y teneres, se procura el cierre de medios y programas, se desconsidera a gente valiosa, se tergiversa datos, se manipula información, se difama, se violenta la intimidad, se recurre al denuesto de cuantos se toman la libertad de mirar con independencia de criterio las ejecutorias, los yerros, silencios y desatinos de las autoridades, con un nivel de desenfado tal que debería dejarnos estupefactos.” (Alejandro Arvelo, 2 de agosto 2002).

Y es así. Estamos viviendo momentos en que predominan las distorsiones de los valores, imponiéndose a lo que parecería ser el mejor juicio. Distorsiones que quieren hacernos creer que criticable no es el acto de corrupción gubernamental, sino el periodista que lo revela; que degenerado no es el que ha delinquido, sino el que cuenta la historia; que impúdica no es la coalición entre el poderoso banquero y el criminal que ha quedado impune, sino la cinta que descubre su alianza; que censurable no es la mora judicial, sino el rasgado de vestiduras del juez que la ha denunciado; que despreciable no es la fortuna mal habida, sino el no tener fortuna; que perjudicial no es el fraude bancario, sino la tormenta mediática que lo ha sacado a relucir; que nociva no es la calumnia inventada para intentar desacreditar un hombre serio, sino que éste se defienda; que ruin no es el hipócrita que clama contra la venalidad judicial sin denunciar sus administradores, sino el que expresa su inconformidad contra todo el sistema; que depravado no es el oportunista sin capacidad que obtiene cargos en los gobiernos de todos los partidos, sino el “pendejo” que ha seguido ideas políticas con fidelidad; que pecador no es un ministro religioso que se haya pervertido, sino el escritor que ha desnudado en sus obras tal perversión; que fatal no es el marido borrachón y jugador que golpea su esposa, sino que ésta lo denuncie y se independice contraviniendo la voluntad familiar; que dañoso no es el padre o el maestro de arbitrarios favoritismos, sino el hijo o el estudiante que se queja; que insano no es el médico que con su descuido transforma en desgraciada la vida de un paciente, sino el paciente cuando lo demanda; que ofensivos no son los silencios cómplices, sino las acciones responsables, y que malo no es el periodista que se vende, sino el Marino Zapete que sólo nada en la corriente de su conciencia.

Por supuesto, las nefastas consecuencias de tantas distorsiones, de tantos antivalores, de tantas conductas funestas, están ahí, palpables y omnipresentes en la convivencia cotidiana: la desigualdad, la impunidad, la violencia, el hedonismo, el consumismo, la falta de justicia, la desproporcionada repartición de bienes, los abusos, las crisis económicas y sociales, el triunfo de las actitudes más perniciosas, el éxito económico y el ascenso social de cualquier lacra, fundados en la destrucción de principios, reputaciones y hasta vidas, y el triunfo de todo lo que es mentira, simulación y doble moral.

Como señala Alejandro Arvelo “el envilecimiento moral y el achabacanamiento de la vida de pueblos e individuos asoman sin rubor su cabeza de Medusa…” y acabamos todas, al fin y al cabo, en una sociedad conducida en forma peligrosa, por sus peores y más degradantes instintos, convertidos en vicios, hacia el fin del concepto de humanidad de todo aquello que se dice ser humano.