Leonardo da Vinci OMNIPRESENTE A LOS 500 AÑOS DE SU PARTIDA

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Medio milenio después, –Leonardo da Vinci murió el 2 de mayo de 1519– es el artista más célebre de todo el planeta y de todos los tiempos. Encarna el genio absoluto y universal, entre apoteosis e incógnita, siendo su incomparable “Gioconda” la obra más visitada en el mundo, la última adquirida “Salvator Mundi” la más cara vendida –450 millones de dólares–, y todavía dos o tres en proceso de autentificación… Sin embargo, él no dejó más que 25 a 30 pinturas terminadas o en proceso de terminación, en su búsqueda obsesiva de perfección.

Sus talentos científicos y humanistas también lucen infinitos: matemáticas, óptica, filosofía, anatomía, botánica, invenciones entonces inconcebibles –¿precursor de la aviación?– Pronto consiguió respeto, reconocimiento, admiración.
Ya famoso en vida, visto como émulo de Platón y superando aun el magno arte antiguo –redescubierto–, él mismo decidió sus vaivenes, pasando sus tres últimos años en Francia, “Pintor del Rey” Francisco I.
Su aura y celebridad no ha dejado de crecer al filo de los siglos, fortaleciéndose aun recientemente y de manera insólita, con aquel increíblemente exitoso libro “El Código Da Vinci”.

Vida de creación, trabajo y movimiento. Leonardo da Vinci nació el 15 de abril 1452 en Vinci, cerca de Florencia. Hijo ilegítimo de un notario, Leonardo no podía llevar el apellido de su padre, sino el nombre del territorio donde vino al mundo, “Da Vinci”, que se hizo ilustre para la eternidad.
Demostró una vocación precoz y entró adolescente al taller del prominente Andrea del Verrochio. Pronto superó a su maestro –no faltan anécdotas al respecto– e hizo su primera obra maestra a los 21 años, un paisaje…
Se instaló en Milano. Patrocinado por los Sforza, multiplicó actividades y hazañas, tanto personales y sociales como científicas y artísticas.
Una invasión militar le obligó a trasladarse a Florencia en 1499, donde los poderosos le abarrotaron de proyectos. Allí, Leonardo emprenderá la realización de la “Gioconda” –¡25 años tal vez de trabajo!–, entre incontables dibujos, diseños e invenciones, destacándose en todo lo que emprendía, fuese arte o ingeniería…
Volvió a Milano, se mudó a Roma y al Vaticano, finalmente pasó sus años finales en Francia. Allí se llevó pinturas maestras, “San Juan Bautista”, “Santa Ana”, “La Virgen y el Niño Jesús” y, por supuesto, la “Gioconda”.
La acogida había sido triunfal en todas partes, el éxito inmenso, constelado de encargos, de obras que él no pudo ni quería –obviamente– terminar.
Vale decir que nada resistió a Leonardo da Vinci, de mente incomparable y mano fabulosa, en el manejo de la pluma y el pincel, la escritura y la anatomía, como la colocación del color y el “esfumato”. De entusiasmo y producción no controlables, autor de un extraordinario tratado de pintura, dejó más de 13 000 folletos y manuscritos, dispersos luego de su muerte, pero parcialmente conservados y atesorados en distintos sitiales.

Pintura y dibujos únicos. Leonardo da Vinci nunca consideraba una obra como terminada, hasta podía dejarla en proceso.
El trabajo de la forma se hacía sigilosamente, los dibujos preparatorios multiplicaban correcciones y trazados, volvían hacia las partes, se alteraban, se renovaban, el carbón superpuesto a la mina de plomo, la aplicación de tintas, técnicas naturalmente refinadas y complejas.
Así mismo ocurría con el color –él fue de los primeros en manejar el óleo sobre madera y sobre tela–, matices agudos de luz y sombra, capas ligeras y sucesivas, versiones intermedias, una verdadera labor de orfebrería… Finalmente, Leonardo hacía, deshacía, rehacía, con una libertad fascinante y apasionada. Libertad que, por cierto, lo caracterizó toda su vida.
Ahora bien, las restauraciones sucesivas en el transcurso de los siglos han dificultado aun más la lectura primigenia y restitución a la exquisitez original. Hoy en día, a nivel de laboratorio, de medios, de consultas, de exigencia extrema y hasta de sofisticación, los resultados y reencuentros parecen inmejorables, siendo un paradigma el Museo del Louvre.
¿No han dicho que las obras de Leonardo da Vinci se vuelven monumentos? Y no solamente la Gioconda, la Santa Ana –último cuadro… no acabado– es otro ejemplo. En dibujo siempre se enfatiza “El Hombre de Vitruvio” o estudio de las proporciones perfectas. ¡Con gran dificultad Italia se lo prestó a Francia!

La exposición del Louvre. Indudablemente, el Museo del Louvre tiene pasión por Leonardo da Vinci, habiendo hecho una primera retrospectiva en 1952, una exposición-presentación estupenda de “Santa Ana”, “La Virgen y el Niño Jesús” con motivo de la restauración, y ahora la retrospectiva “Leonard de Vinci”, con diez años de preparación y una presentación de 163 obras, aparte de “La Gioconda”… que permanece “acosada” en su marco estelar, pero se incluye en la entrada al evento. Un acontecimiento que probablemente jamás se repita.
Cuatro meses antes de la inauguración se reservaba la entrada… más de 150 000 personas lo hicieron en los tres primeros meses. El presidente-director del Louvre, Jean-Luc Martínez, dice concluyendo un editorial: “¡Vengan numerosos a degustar su intemporalidad!”.
La exposición cierra el 24 de febrero. ¡No hay una sola entrada disponible hasta el 18 de febrero! Desgraciadamente, no habrá prórroga, ni va a ser itinerante.