¡Lerenes, vendo lerenes!

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Éramos niños cuando la frase que sirve de título a este escrito servía como pregón a vendedores de un tubérculo desconocido por las generaciones de hoy. Desde que promedió diciembre inicié una encuesta entre amigos y colegas de trabajo. Para mi sorpresa, entre quince personas a quienes consulté sólo dos jóvenes, mujeres, me dijeron que habían oído del lerén, Por increíble que parezca, una comentó que ya esa fruta no la traen al país. Un médico, que alcanzó título de postgrado al más alto nivel en Japón, me preguntó, con un giro propio de quién enfrenta lo absurdo, que qué “es eso”.

Alain H. Liogier, el afamado botánico que preparó el socorrido “Diccionario Botánico de Nombres Vulgares de la Española” describe la extraña especie. Su anotación es más bien breve, limitándose a la descripción botánica, su radicación y origen. Otro diccionario, el de Indigenismos de don Emilio Tejera, reproduce información de dos conocidos cronistas de Indias y autores de su tiempo. Él o su padre, que a su vez fue autor de otro diccionario de indigenismos, recogieron la descripción que hicieran Gonzalo Fernández de Oviedo y el Padre Bartolomé de las Casas, dominico.

El gobernador de la fortaleza de Santo Domingo es exhaustivo. Describe la planta por su forma externa y su fruto que nace “debaxo de la tierra”. También habla de su cocción y la estima que por su sabor le guardaban los españoles. El sacerdote, que escribe hacia los días en que aquél había fallecido, también alude a la forma de la planta y del tubérculo.

Un ingeniero agrónomo de nuestros días, dedicado a divulgar noticias sobre animales, plantas y frutos endémicos, nativos e introducidos, habla del lerén. Emilio Armando Olivo, en su “Enciclopedia Agropecuaria Dominicana”, tomo 3, repite noticias conocidas sobre este tubérculo. Añade, fruto de su labor, datos de enorme importancia respecto de la explotación de un cultivo que eventualmente puede considerarse una exquisitez alimenticia. Habla de su valor nutritivo, de su sabor a maíz y de los suelos y condiciones climáticas para su cultivo.

Por su rareza debíamos procurar que no desaparezca. Quinientos años atrás Fernández de Oviedo decía del lerén que es de buen sabor “e no de mucha substancia”. Olivo explica que el lerén contiene entre un 13 a un 15% de su masa en almidón y un 6 a 7% de proteínas. Como puede observarse pues, constituye una fuente calórica apreciable y una fuente proteínica nada despreciable. Olivo remata su punto de vista señalando que debe importarnos su cultivo, más que en razón del consumo o su potencial de exportación, “por el uso racional de todos los recursos”.

Este volumen de la obra citada incluye una receta para su aprovechamiento en un plato navideño. Es lo apropiado porque, por cierto, el fin de año es la única época en que puede adquirirse. Esta vez no pude comprarlo. Advierto que no lo busqué en la parte trasera del Mercado Modelo, en donde lo he comprado en otros años, porque la aglomeración de vehículos me lo impidió. Y ya no se escucha el pregón de los vendedores de lerenes.