Letras
“Pasajero del Aire”:

http://hoy.com.do/image/article/487/460x390/0/BC48952A-78C1-4F26-8D85-90636B8391CB.jpeg

La vocación poética de Mateo Morrison (1947), pende sorprendentemente de una llama estética en permanente renovación, ya que, estructura como cotidianidad, la gesta de un canto sustanciado por diversos estilos, escuelas, geografías e influencias.

Morrison, tras cada incursión simbólica; sirve vida, energía, provocación y movimiento a su propio decurso literario.

Su estro maravillado es la ética del aeda insatisfecho con la herencia de su propio numen. Su imaginario no deja nada al azar, puesto que, en “Pájaro del aire”, su nueva delación espiritual y editorial; se reviste de un “sensible conocimiento”, al tiempo que proyecta como degradación personal o música interior, la instrumentalización de la inconciencia colectiva, y el íntimo y desgarrado padecimiento de la historia.

Se trata de un viaje artero de la memoria y la osadía. De una crónica vital y verbal, quebrantada por la plenitud de una escritura del asombro; guiada por la imaginación, cuyo único compromiso ha de ser la libertad de denunciar lo acosante e irreductible.

Literatura del escape

Letras de refugio. Palabras de búnker. Imágenes aviesas del desconsuelo. Acentos perdidos ante tanto despropósito. A eso me sabe en buena lid, este nuevo texto de Mateo Morrison.

Esa combinación de experiencias artísticas, fruto del estudio detenido de influencias y estilos estéticos paradigmáticos; han dado como resultado la redacción de “Pájaro del aire”, de ahí que este devenga texto extraño frente a la propia poética del autor de “Si la Casa se llena de sombras” (1986).

El poeta Mateo Morrison que conocemos, ahora no sólo hace gala de remachada destreza y fertilidad creativa, distante a las obras que signaron su posicionamiento intelectual en la historia de la literatura dominicana, si no que, además, enriquece sus preocupaciones escriturales, antes sólo zaherida por el dolor y la indignación social, más

tarde, embozada y remozada por el ardor del amor y sus inútiles consecuencias; para hoy aparecer revitalizada con el ensayo afortunado del llamado “poema de largo aliento”, donde el poeta estructura un decir vigoroso y continuado; logrando con temeridad verbal inesperada, un poema impecable por su trasfondo histórico y su mismidad melódica.

“Pájaro del aire”, de Mateo Morrison, nos llega servido como entramado musical de leves accidentes formales, más un exasperante, por sólo aparente, halo de sencillez lingüística.

Siendo evocador de un tráfago heroico innombrado, paradójicamente, “Pasajero del aire” deviene texto de invocación de suplicios y ensoñaciones subterráneas. De ahí que, la multivocidad de su singular marco de referencia; logre desentumecernos ante los efluvios de la desidia de “lo real”, valiéndose de su gracia de alegorías en transito sinuoso.

Haciéndonos cómplices activos de su viaje lúdico, mientras intenta decantar la sed de su decir poético embrionario, por una atmosfera de sendas descubiertas, que siempre habrá de propiciar la pasión, junto al signo que busca enmascarar hasta la eternidad, la aquiescencia del ser humano.

En “Pasajero del aire”, Mateo Morrison decanta también la semejanza de los desencuentros. Provocado por un estallido interior, el poeta traza las coordenadas de su desasosiego particular y trata de rescatar el aporte fundacional de su genealogía.

Al tras de un decurso vitalísimo, evidenciado en ocasiones, confuso y trágico; el autor de “Dorothy Dandrige” (2006), presenta a un hombre intentando permear su identidad, mientras asume la segura derrota como cariz emblemático de su vacío.

Provenido de una cuna espasmódica y visceral, el hombre empequeñecido en su reflejo, encuentra una luz de escape en el impostergable abandono de su propio entorno, donde guiado por “una estrella nueva”, partirá sin remedio “adherido a su luz”. Viajará de cualquier modo: montado en el caballo que derribó a su abuelo; orillando los polos “en un navío de árboles”; subido en un tren “donde las miradas de quietos pasajeros te hacen sentir distinto, o en “el tanque de lastre de una embarcación librada de guardianes”.

Una suerte de trivia espectacular con “el otro tenso” que se sabe viajante perdido a través de las estelas fantasmales de su propia historia; parece autodefinirse este nuevo texto de Mateo Morrison. Ya enajenado al interior de “una botella tirada al mar”. Ya transido en “un paseo interoceánicos” como una barca azarada por sentimientos patrios, “atracada en la ría Ozama”.

La partida, como se ve, atañe en “Pásajero del aire”, de Mateo Morrison, a todos los elementos que componen la humanidad, sin destacar los tópicos claves inventados por el hombre en el pasado y soñado por él mismo en el futuro. Verbi gratia: galeones, arcas, asno, caballos, veleros, estrellas, trenes, aviones, goletas; así como sueños y pesadillas, frutos del hacinamiento fabulario del hombre y su ansia denodada de partir hacia lo absoluto.

¿Escribe su deseo para que su no-partida se convierta en una llamarada de huellas sin retorno? ¿Le sirve la escritura sólo como módulo idóneo para un viaje inmóvil, pero no

menos delirante? ¿Viaja en la escritura o le es la memoria reflejada de su anhelo, un viaje ilusionado hacia el corazón de la lengua?

Si escribir es ser; mover el imaginario de una estética a otra, de un estilo a otro, de una manifestación espiritual a otra; es acontecer en el lenguaje.

El poeta Mateo Morrison es un cultor de acentos apasionados. Le mueve el temblor con que los antiguos imaginaban vagando las almas heridas de pena. Ahora, vapuleado por el azar como alumbramiento cotidiano de este lar de sombras; por este trajinar desmemoriado, sin guisas de razonamientos ni presupuestos éticos, ni valores ideológicos, ni solidaridad, ni ensueño ni esperanzas; piensa partir, ha planeado partir, sueña con irse, pero sólo dentro de sí mismo.

Exiliarse de sí para alcanzar el necesario punto de encuentro con la reflexión y la armonía. Quizás, si su texto tiene o deja alguna moraleja, será esta: uno tiene el deber de dar vueltas mirando al interior de su propio entorno para reavivar y reconocer la llama verdadera de nuestro auténtico destino. ¿Y frente a nuestra poesía? ¡Incluso!