Ley de desarme general

Contemplando el deprimente espectáculo que cada año se presenta en la vigilia del día de Año Nuevo, cuando una cantidad grande de pistoleros se dan a la tarea de expresar su vacío y tristeza existencial (a lo que ellos llaman alegría) disparando sin control, siento que no es posible quedarse sin hacer nada para solucionar este problema.

Lo peor del caso es que las armas usadas en esa ocasión están permanentemente en manos de muchachos jóvenes e incluso de adolescentes, o de adultos sin conciencia. En esa ocasión son usadas como expresión de “alegría” y durante el año será para otros fines.

En lo relativo a las armas el país está encaminándose a un callejón sin salida. Afortunadamente todavía estamos a tiempo y es posible hacer algo para detener esa locura armamentista con la que casi toda la población se está enfermando.

Lo primero es convencernos de que las armas son el instrumento más irracional que los seres humanos han fabricado, porque fueron hechas para matar. No cabe el eufemismo de que las armas son para defenderse: no, son para matar.

Lo segundo es que quien utiliza un arma está más en peligro que quien anda desarmado. Es más fácil que sobreviva quien anda desarmado que quien está armado.

Tercero, la sociedad y, por ende, la humanidad no podrá ser feliz ni tener paz a través del recurso a las armas. Al contrario, la violencia de las armas engendra más violencia y la carrera armamentista se hace cada vez más vertiginosa.

Hay que concluir que la razón nos indica la necesidad de poner un freno a esta situación y no hay otra forma de frenar esa locura que no sea el desarme general.

Esa es la razón por la que estoy proponiendo al debate público la conveniencia de la promulgación de una LEY DE DESARME GENERAL de la población.

Nuestros legisladores(as), autoridades, instituciones de la sociedad civil y gente con criterio humanístico en general deberíamos abocarnos con decisión a hacer posible esa ley de desarme general.

La ley 36 sobre porte y tenencia de armas debe ser abolida, no modificada, pues no ha dado los resultados positivos que de ella pudiésemos esperar. Más aun, a través de ella el mismo Estado y asociaciones de profesionales se han lucrado a través de las licencias para su uso.

En una posible Ly de desarme general de la población, sólo se haría una excepción a favor de las instituciones que tienen que mantener el orden público, cuyos miembros sólo podrían utilizarlas en el ejercicio de sus funciones y debidamente identificados.

Por otra parte la ley debería contemplar la creación de un órgano regulador de su implementación, compuesto por personas libres de tachas y con criterios humanísticos, que tengan la autoridad de la ley.

Y mientras esto se puede ir encaminando, se podría ganar terreno prohibiendo la publicidad del mercado de las armas, porque es nocivo para la salud mental y espiritual del pueblo. Un mercado, por cierto, que cada vez se ha hecho más atractivo por la facilidad de los iniciales que se ofertan y los plazos cómodos para la adquisición de ese nefasto instrumento de muerte.

Como razonablemente se prohíbe la promoción de las drogas, así se ha de prohibir la promoción de las armas. Las armas son peores que las drogas, porque las drogas, sin que con esto se las justifique, al menos dan la oportunidad de reivindicarse y matan poco a poco, pero las armas se llevan la vida de cuajo.

Quizás se piense que una posible Ley de desarme general es algo utópico, pero, sin dudas, más utópico e irracional es pensar que a través del armamentismo cada vez más creciente la ciudadanía y el mundo va a tener la seguridad necesaria para poder vivir en paz.

Padre Luis Rosario

Coordinador de la Pastoral juvenil