¿Libre comercio?

EDUARDO KLINGER PEVIDA
Uno de los más atractivos bizcochos que nos venden hoy día es el de la gran panacea que es el libre comercio. Sin embargo, cuando uno analiza la realidad se encuentra una gran distancia entre lo casi mitológico y lo histórico. El plato predilecto en el que se nos insiste es el de que la apertura comercial irrestricta nos abrirá las puertas al paraíso.

Nada más lejos de la verdad.

Lo que ocurre es que hay que tener en cuenta el escenario, o “mercado”, en que se produce esa relación comercial en condiciones de apertura comercial. Si lo vemos en el contexto de la economía mundial y objetivamente, tendríamos que concluir que las condiciones no son propicias. Si lo analizamos en el contexto de uno de los procesos de integración en boga y como una primera fase del mismo, el análisis tiene que ser otro. Pero eso lo vamos a tratar en el trabajo de la próxima semana.

Los que más nos insisten en la necesidad ineludible de una apertura comercial, que quisieran que fuera irrestricta e inmediata, los que más hacen batir las banderas del libre comercio, la realidad es que fueron, han sido, son y quieren seguir siendo grandes proteccionistas. Entre los Estados Unidos y la Unión Europea invierten diariamente más de mil millones de dólares en subsidio a su agricultura. Verdadera antítesis del libre comercio.

En nuestros países eso nos convierte en sacrílegos, en ignorantes que nos oponemos a las posibilidades de desarrollo y de bienestar social.

Siglos atrás, Inglaterra se convirtió en el adalid de la libertad de comercio cuando ella fue la primera en realizar una Revolución Industrial que, lógicamente, la puso en ventaja ante el resto del mundo que no podía competir con sus productos.

Cuando en otras potencias se extendió la producción industrial y entonces sus productos podían competir con los de Inglaterra, ésta levantó las barreras proteccionistas.

Los ministros fisiócratas de la Francia del Siglo XVIII igualmente impusieron serias restricciones a la entrada de productos foráneos para proteger su naciente producción industrial y los intereses de una burguesía que se alistaba para asaltar al poder.

La historia económica de mundo desarrollado recoge casi sin excepción una misma experiencia: la protección de la producción nacional hasta que estuviera en condiciones de enfrentar la competencia.

Cuando al terminar la Segunda Guerra Mundial se comenzó a construir la institucionalidad de un mundo global y se crearon instituciones políticas y económicas-financieras de carácter global, se iniciaron los esfuerzos para crear un espacio de negociación que apuntara a la liberalización comercial y se dotara, igualmente, de un órgano global capaz de regular las normas comerciales internacionales para garantizar una apertura global.

Lo cierto es que cuando con La Carta de la Habana surge el Acuerdo General sobre Comercio Aranceles, GATT por sus siglas en inglés, en el otro componente de La Carta que era la creación de una Organización Internacional de Comercio, OIC, el Congreso de los Estados Unidos se opuso a la participación norteamericana, no obstante que la propuesta era precisamente del Presidente de los Estados Unidos. Una OIC sin los Estados Unidos no tenía sentido por lo que el asunto se quedó para más adelante, y pendiente se quedó hasta que en 1993 concluyeron las negociaciones del GATT y se creó lo que ahora se denominó Organización Mundial de Comercio, OMC.

Al concluir la ronda de negociación que auspicióel GATT por casi 50 años, ese Acuerdo Final suponía la apertura comercial más amplia que jamás se hubiera logrado. El resultado en si fue positivo pero, como todo en el escenario mundial en que vivimos, inequitativo. Ha beneficiado más a las potencias industrializadas que a nuestros países.

La Ronda de Doha, escenario de negociación para profundizar la liberalización comercial, se encuentra estancada desde el 2001 porque las grandes potencias se niegan a eliminar o reducir los subsidios.

No se trata de estar en contra de por si a la liberalización comercial. El dilema real no es si negocio o no negocio; sino si negocio bien o negocio mal. “That is the question”. Como nos habría dicho Shakesperare. Ni siquiera tampoco el problema es si es racional o no un acuerdo de libre comercio entre países de un potencial restringido y una gran potencia comercial. La clave es una estrategia de inserción en la economía mundial.

Desde hace más de 100 años José Martí nos advirtió de comerciar “con el mundo y no con una parte de él”.