Libros VI, VII, VIII, IX, X

ROSARIO ESPINAL
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Fue en abril de 2006 que te llevaste los primeros cinco libros, los que más te interesaban; los que ridiculizaban el amor, la pasión y el romance; los que narraban vidas de gente que llenaba espacios que no ocupaba, donde el sol ni la luna estaban, simplemente deambulaban.

Recuerdo que los guardé todos en secuencia: el primero que leíste, el segundo que despreciaste, el tercero que rompiste, el cuarto que disfrutaste y el quinto que no compraste.

Eran transeúntes en mi estante donde su destino era cada vez más incierto, hasta que llegaste y te los llevaste. Recuerdo bien que todos eran muy delgados, quizás para no ahondar más en los dramas interiores que presentaban.

Los otros cinco de la colección siguen en mi librero. Son más pesados. De vez en cuando los desempolvo y releo algunas páginas, por si acaso aparece una idea iluminante que me permita comprender lo que pasa.

Pero confieso, cada vez que lo intento me arropa una sensación de fracaso.

El sexto es una larga y tediosa novela acerca de un alto funcionario público de quien no se conocía buenas calificaciones.

En su juventud declaró adhesión a un viejo político que gustaba reclutar a quien ofreciera subordinación instantánea.

Después de un juramento en palacio o en su casa, llegaba el nombramiento, el contrato, la exoneración y el tráfico de influencia, hasta que la riqueza acumulada quedaba plasmada en una mansión, una finca, cinco guardias, tres pistolas y dos guardaespaldas.

Cuando el político murió, el funcionario quedó desamparado. Entonces se descubrió que eran muchos los que estaban en ese estado.

Asustados, salieron todos a buscar un nuevo benefactor, y como estaban acostumbrados a ser soldados del mandato, los nombramientos no tardaron.

El séptimo es más breve. Es un cuento sobre un político que por muchos años militó en la izquierda, peleó en la guerrilla, estuvo preso, fue torturado. En fin, hizo el curso completo de sacrificio por la patria. Años después se montó en una lujosa yipeta y pensó que la pobreza se había erradicado.

El octavo presenta una trama espantosa. Dos niñas y su madre fueron sexualmente violadas en un remoto poblado que una vez fue arrasado por el agua.

La cuenta varía de los hombres que cometieron los terribles actos. Se cree que fueron once y dos eran mudos, por lo cual, no podían declarar ni ser inculpados.

Del grupo completo sólo tres fueron apresados y con juicios acomodados fueron rápidamente liberados.

Ante la infame injusticia, algunas mujeres aguerridas lucharon para que fueran castigados. Pero la justicia bailoteaba mientras los machos seguían en las calles acumulando hazañas sexuales. La madre estaba muerta y las niñas para siempre malogradas.

El noveno rompe los parámetros de la ficción política. Transcurre en un país agreste, donde en unas elecciones, uno de los candidatos con símbolo de gallo, gustaba vestir camisa roja. Pintó su vehículo de colores brillantes y se dirigió hacia los depauperados.

En los barrios lanzaba papeletas y salami con un solo mensaje. Decía, además, que para el triunfo contaba con la ayuda de la virgencita de su comarca.

Pequeño y sabichoso, pensó que con salami y plegarias ganaría las elecciones, pero un león con más recursos y también sabichoso, lo apisonó. Cuenta la historia que a partir de ahí hasta los rezos cambiaron en su comarca.

El décimo y último libro que guardo trata de un país que una vez fue despoblado, según dijo un poeta, pero luego creció y creció. La población entraba y salía. Unos volvían, otros jamás lo hacían, y muchos llegaban y nunca se iban.

Se aglomeró tanta gente que los árboles cayeron, el agua escaseó y los habitantes quedaron desquiciados esperando un progreso que nunca llegó.

Recurrieron a las plegarias y los tambores con la esperanza de mejorar su situación. Pero los sonidos eran incongruentes, maltrataban el alma, el cuerpo y todos los sentidos.