Libros
Viaje poético en el trasbordador

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LEl poeta Alexis Gómez Rosa acaba de lanzar en 2009la segunda edición de su libro “Ferry boat de una noche invertebrada”, el cual ganó en 2006 el premio anual de poesía “Salomé Ureña” que otorga la Secretaría de Estado de Cultura. Esta obra, por su calidad de un decir nuevo sobre el amor le coloca, en nuestra cultura-sociedad como el primer poeta de su generación y como un digno sucesor de la última poesía de calidad que estremeció, silenciosamente y sin alharaca mediática, al país: la Poesía Soprendida.

Gómez Rosa ha estado, desde que en 1973 dio a la estampa su primer libro “Oficio de postmuerte”, en la  punta de todas las innovaciones poéticas que ha conocido el país. Debida a su dilatada obra poética (14 títulos, a cual más novedoso en el cantar), el poeta es uno de los primeros candidatos a recibir el Premio Nacional de Literatura, al igual que otros vates como Cayo Claudio Espinal y José Enrique García o el narrador Roberto Marcallé Abreu. Todos dueños de una gran obra desde que dieron a la luz su primer libro.

El poeta Gómez Rosa ha sido desde siempre un sublevado en contra de la inercia y los clichés poéticos. Es un hombre atento a las novedades del lenguaje. El suyo ha aspirado siempre a lo nuevo y no hay título de sus obras que no llame a la atención y la reflexión del lector.  Ni un solo título de sus libros nos deja indiferente y por ahí es que Gómez Rosa amarra al lector, como Juan Bosch en el cuento nos amarra desde la primera línea.

Y lo mismo ocurre con Cayo Claudio Espinal, uno de los pocos poetas que con Gómez Rosa vive siempre en un estado poético. Los títulos de Espinal llaman de inmediato la atención. Sus cuatro libros fundamentales: “Acontecen neblinas”, “Banquetes de aflicción”, “Utopía de los vínculos” y Clave de estambres” nos chocan de inmediato y nos pican la curiosidad, y con esta vamos al texto a descubrir lo desconocido.

Sucede igual con Gómez Rosa. Los títulos de sus obras nos llevan a querer descubrir lo que encierran: Pluróscopo, High Quality, Limited, Contra la pluma la espuma, New York en tránsito de pie quebrado, Tiza & tinta, Si Dios quiere y otros poemas por encargo, Self service, Adagio cornuto, Lápida circa y otros epitafios de la torre abolida, La tregua de los mamíferos, Marginal de una lengua que persigue su forma, y por último, El festín: (S) obras completas.

Todos estos títulos presentan, a través de un sostenido juego de palabras, una ambigüedad  semántica que nos obliga a detenernos y luego pensar en los sentidos del portal de cada obra. Ya dentro de cada obra, el lector descubre que Gómez Rosa es un malabarista del lenguaje y que la orientación política de sus obras tiende a cambiar los clichés poéticos que el autor ha encontrado, además de orientarse a destruir otros clichés y creencias anclados en la vida cotidiana y en los discursos históricos.

Por esta razón los títulos de las obras del poeta son siempre figuras y metáforas de la destrucción del sentido común.

¿No está obligado el lector a detenerse a analizar “noche invertebrada” y a preguntarse por su contrario, la “noche vertebrada”? Pero ninguna de las dos expresiones remite a la realidad.

El título opera  una  violencia en contra de la real, que es la noche, y entonces hay que enlazar “noche invertebrada” con “ferry boat” y lo cotidiano del viajar dominicano de Sans Souci a Mayagüez para asistir a una ambiguo y ficticio fin de semana amoroso  entre el narrador de la aventura y su musa Guarina Rodríguez.

¿Por qué ferry boat? El poeta le tuvo miedo al alongado “transbordador”. Implicado en este miedo la creencia en la existencia de palabras poéticas opuesta a las no poéticas. Pero también existe un dato cultural y es que el poeta vivió muchos años en Nueva York y estuvo en contacto con el inglés y el spanglish de la diáspora. Y esto lo ha inducido a preferir, por la ley del menor esfuerzo, el sustantivo “ferry boat”, pues es al menos una palabra de uso diario en su cultura dominicana. Nadie dice que se irá a Puerto Rico en el transbordador. Todos dicen “en el ferry”.

No vaya el lector a creer que el narrador nos contará su aventura  con pies que hollan las calles de Mayagüez. El falso viaje (incluso si fue real, carece de pertinencia para el poema) es un pretexto para elevar el canto del amor al cubo. Y llevarse de paso unas cuantas ideologías y creencias muy ancladas en la sociedad dominicana. El narrador instaura la burla y el cinismo en contra del sentido legal de algunos discursos dominicanos (el literario, el amoroso, el histórico, el del sentido común, etc.) a través de los juegos de palabras (“Inter(venido) el amor/es una fiesta” (p.42) o la ambigüedad de los dos títulos en que se divide la obra (“Puertos y singladura I y II”).

¿Y ese nombre que retumba en toda la obra y es leit motiv del canto: Guarina? Con su tradición histórica, reivindica el indianismo (supuesto) existente no ya en la sangre, sino en la cultura precaria que nos dejaron los taínos.

La prueba más visible son los nombres propios y las palabras sueltas que heredó nuestro español dominicano. Guarina es uno de ellos; Hatuey, su contraparte. El poeta ha escogido el de Guarina, mulata figurativamente transmisora del mulataje que hoy conforma la etnia dominicana. Nombre precolombino ese de Guarina y que es muy común en nuestra cultura. Incluso es marca de fábrica: de galletas, de ropa, y de lo que cualquier comerciante quiera.

¿Y ese apellido Rodríguez? Es el cruce ancestral de india con español o de india cristianizada con negro africano en nuestro revolcadero de apellidos. Mezcla olvidada y que el poeta revive y nos trae a la memoria. Que nos alerta y nos dice: Ojo, no olviden que son el producto de Guarina y de Rodríguez. Y a revivir aquella noche ancestral del amor iniciado por indias y conquistadores, invita el poeta con su narrador sin nombre, escondido y camuflado en el tiempo de los tiempos.