Liderazgos políticos y capitalismo

ROSARIO ESPINAL
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La estructuración de liderazgos políticos es un fenómeno complejo. Ellos expresan visiones, proyectos y experiencias que refieren a la dinámica social de la que emana la política.

El siglo XX mostró dos grandes momentos de crisis social que motivaron importantes transformaciones en los liderazgos políticos.

El primero se ubica en la década de 1920 y coincide con el fin del imperio europeo, la irrupción de las masas en la política, y los grandes flujos migratorios que divulgaron las corrientes ideológicas que se debatían en Europa: el marxismo y las doctrinas fascistas.

El segundo se ubica en la década de 1960 y coincide con la irrupción de los países del Tercer Mundo en la escena política internacional, el clímax de la Guerra Fría y la movilización social contestataria en los países del capitalismo desarrollado.

Sin ignorar la diversidad de factores que definieron las experiencias sociales y políticas del siglo XX, se puede decir que la crisis de los años 20 llevó a una reestructuración de liderazgos políticos con el Estado como eje articulador de las demandas sociales.

Esto incluyó el Estado Benefactor que comenzó a gestarse en los países del capitalismo avanzado a principios de los años 30, las experiencias fascistas en Europa Central, las populistas autoritarias de Suramérica, y el surgimiento de caudillos militares en otras partes de América Latina. A pesar de la diversidad política, todos los regímenes compartieron un Estado fuerte y un proyecto de vinculación social al Estado. La diferencia entre los regímenes políticos radicó en el alcance de la construcción de derechos ciudadanos.

En los países del capitalismo avanzado, el Estado intervencionista se articuló al parlamentarismo liberal o al corporativismo participativo.

En los países periféricos de mayor desarrollo económico como Argentina, el Estado fomentó lazos corporativistas con sectores trabajadores, que permitieron dar respuestas a algunas demandas sociales.

En los países periféricos de menor desarrollo económico, como la República Dominicana, la sociedad mantuvo gobiernos dictatoriales que ofrecieron estabilidad política con un fuerte componente represivo y excluyente.

En los años 60, la refundación de los liderazgos políticos estuvo guiada por las movilizaciones sociales y las medidas de control estatal para contener esas movilizaciones.

En América Latina proliferaron regímenes autoritarios que fueron aceptados por unos como remedio a la desorganización política, y rechazados por otros por su carácter represivo.

El Estado autoritario que se generalizó en Latinoamérica produjo una gran polarización política, que se entroncó con las ideologías dominantes de la Guerra Fría.

Luego, a fines de los años 70, surgió la ola democrática, y desde entonces, los países latinoamericanos han luchado para refundar liderazgos políticos viables y transformadores.

En las últimas décadas, la modalidad dominante de inserción capitalista a la economía mundial privilegia el mercado sobre el Estado como articulador de lo social y garantía del bienestar.

Pero el discurso neoliberal provoca una explosión de expectativas de consumo que los ineficientes mercados subdesarrollados no logran satisfacer.

Se acelera entonces el desprestigio de los gobiernos democráticamente electos que evidencian gran corrupción y clientelismo, y además, dificultad para producir pactos sociales que promuevan el bienestar ciudadano.

Las promesas de justicia social que sirvieron en el pasado para fundar tantos liderazgos políticos en América Latina, vía el personalismo o los partidos, son ahora improbables de materializar en muchos países. Incapaces de sustentar en la práctica utopías de transformación, la clase política se concentra en reproducir el viejo esquema de los sectores dominantes latinoamericanos: acumular mucha riqueza a la mayor velocidad posible.

Los gobiernos electos derivan cierta legitimidad de los procesos electorales, pero quedan rápidamente desacreditados ante las ineficaces gestiones gubernamentales y los grandes escándalos de corrupción que se suscitan.

Muchas personas perciben la política nauseabunda, aunque para algunos sirva de imán emotivo o de movilidad social.

Y en la lucha por conquistar o mantener el poder, los mismos líderes políticos se encargan de promover con sus acciones la espiral de descrédito que corroe las precarias democracias.