Limitar campañas

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La separación de elecciones que ha puesto a los dominicanos a votar cada dos años, una  vez para elegir al Presidente y al vicepresidente de la República, y otra para escoger a congresistas, síndicos y regidores ha tenido –al criterio de muchos-  el efecto contraproducente de desbordar el proselitismo con sus gastos desmedidos y el lastre de restarle a la nación la energía que debería estar orientada a cuestiones más provechosas que la política.

Es en ese marco  que el Presidente Leonel Fernández ha tenido a bien  formular  su propuesta de reformas que conduzcan a que las consultas electorales se hagan en un mismo año, con solo dos meses de separación, a partir del 2010, cosa de preservar la intención básica de las votaciones de medio tiempo que es evitar el “arrastre” a que conduce el presidencialismo.

Independientemente de que la idea del primer mandatario prospere o no, hay que decir que la principal causa  del exagerado activismo partidario podría esta realmente en la permisividad del sistema comicial en el que la búsqueda del poder depende demasiado de la promoción  de las ofertas electorales mediante el uso abundante de recursos propagandísticos que saturan de imágenes el país y que activan en demasía a las militancias.

Lejos de buscar la adhesión ciudadana poniendo énfasis en la exposición de ideas, programas factibles y la demostración con hechos de que los aspirantes  reúnen condiciones para desempeñar funciones en el Estado, aquí se insiste en la exaltación exagerada de las figuras.

Se lucha por el triunfo como si la obtención de seguidores dependiera más que nada  del número y tamaño de las vallas, de la proliferación de cuñas y spots, de espacios de prensa y del caudal de pesos que se destine a reclutar gente y comprometerla con los objetivos partidarios.

Las campañas políticas deberían tener límites en el tiempo, como en otros países, para lo cual incluso se podría buscar un consenso.

¿Cuándo ocurrirá en República Dominicana lo que acaba de suceder en Ecuador, donde fue congelada la cuenta bancaria del adinerado candidato Alvaro Noboa por haberse excedido en gastos sin haber llegado el día de la votación para una segunda vuelta?

En el país no existe una limitación para el uso de recursos ni se imponen  reglas para la  transparencia sobre el origen del dinero que se gasta en política. A ello se debe la impresión generalizada de que el éxito electoral  puede comprarse.

La ausencia  de normas éticas y de revisión contable  a cargo de autoridades electorales de absoluta neutralidad e idoneidad dejan el camino libre para todas las indelicadezas.

 

Alzas sin bajas

Por negativas características del mercado interno, la elasticidad  de precios en este país sólo se manifiesta para que muchos productos de primera necesidad suban hasta por simples causas sicológicas, como esas de que a lo mejor, más adelante (nadie sabe cuándo ni en qué medida) habrá  más impuestos.

Pero cuando, de manera efectiva, disminuye la tasa de cambios y desaparecen los costos derivados de la aplicación de la comisión cambiaria y la factura consular, el consumidor  sigue obligado a pagar caro lo que compra.

Los dominicanos no conocen los beneficios que en otros mercados, como Estados Unidos y Puerto Rico, son generados por la libre competencia en escenarios en que los artículos de precios bajos desplazan a los caros, forzosamente.

Aunque no se trata en todos los casos de que explícitamente estemos  sometidos a proveedores monopolísticos, parece evidente que los consumidores son víctimas  de las decisiones que de manera conjunta toman unos pocos  entes predominantes en los canales de mercadeo.

El libre juego de la oferta y la demanda no da frutos, y es por eso que el costo de la vida es más alto en este medio que en otras economías  parecidas a la nuestra.

Se confía en que eso cambiaría cuando desaparezcan por completo las barreras arancelarias y de otro carácter que mantienen a los dominicanos en condición de cautivos de un comercio de encarecimientos.

Pero el miedo a la competencia externa, sumado a la resistencia interna a los cambios que mejorarían la productividad, tenderán a mantener  al país al margen de una positiva  integración al  resto del mundo.