¿Llenarte de cielo los pulmones…?

CARLOS FRANCISCO ELÍAS
Para algunos, esa es la desesperanza: retinas y pulmones impedidos de llenarse de cielo, la mirada larga por la nostalgia y esa tristeza de no saber si existe un proyecto de nación tangible, posible.

Algunos se han refugiado en la lectura, otros no salen de su casa, últimamente una gran mayoría, se refugio en el cine y en un evento internacional de cine, la muestra, recaen finalizado que les sumergió en el sopor y la oscuridad continua, por más de diez días, pero no mirar hacia su propia realidad, porque eso bueno tiene el cine: te lleva a mundos que nunca sospechases.

Otros se han dedicado a robar y matar, otros sufren los atracos que otros planifican, como un juego de niños.

Algunos, ya lo dije antes, se han refugiado en la lectura y hastiados de buscar lo que vieron en la Muestra en el Cable, se duermen en santidad de madrugadas, apagadas y turbias, oscurecidas.

Es como si el castigo anunciado por reeleccionistas se comenzara a cumplir: un ángel que es menos que un arcángel, que no se llamara Gabriel, bajará a una tierra tropical y le traerá las plagas de Egipto versión post moderna: no petróleo, no seguridad, billetes de avión alto, funcionarios inteligentes, pero airados cometen el error de recordarnos la banca rota del país, todo eso, lo dirá el Ángel que no es arcángel, porque es menos que Arcángel, cuando esa tierra tropical desobedeció deseos de un repentino Leviatán de pueblo chico…

Muchos dominicanos y dominicanas, aunados en su amargura de ver el país desplomarse un día decidieron llenarse de cielo los pulmones (alguna de vez lo dijo Benedetti) y buscar una garrocha y pese la noche troyana, saltar con más miedo que tristeza aquella barrera de los mitos partidarios y muchos desconocidos y conocidos coincidieron en aquella necesidad.

Los más ilusos habían descubierto la diferencia, pensaban que realmente habían descubierto un país de nuevas fuerzas, que aquel impulso electoral les devolvería al menos, algunos kilos invisibles de utopías democráticas, de repente las realidades materiales, la falta de entusiasmo de cada día, la resignación contra la impunidad asoma como aluvión repentino e interminable.

Al fin y al cabo, mientras unos apenas comienzan la vida, existen los otros, los que nunca más se irán a vivir a otra parte, los que tienen que limpiar sus pulmones aquí, elevarse y aspirar para entonces llenarse de cielo, son aquellos que no están esperando el Arcángel, que esta vez no es ángel, que es más que el Ángel porque tiene un rango mayor.

Justo en ese momento, estalla la llama, llega el fuego y descubrimos que entre nuestras discusiones y entre los dedos de la historia, se nos pasó todo aquel glamour interior que cada día nos convencía de que el país siempre podía esperar, de que no importa lo que pasara, el punto de no retorno nunca llegaría, que este era un país divino, porque al fin y al cabo los tanques de gas se paseaban por las avenidas y nunca estallaban, que este era un país divino porque un quebecuas (quebecois) que era ateo aprendió a creer en Dios en este otrora santo lugar protegido de las tragedias por la pre hispánica mansedumbre de esa energética sonrisa del hombre de triciclo, que nunca se entero de los rangos tiznados de los ángeles y arcángeles…

En otras palabras, algunos, y otras solo quieren vivir para llenarse de cielo los pulmones, habrá que evitar de algún modo que este morbo colectivo y de gran entusiasmo desesperanzador lo abrace todo como si ese y no otro, fuera el premio terreno a un acto colectivo de conciencia, que aun nos permite respirar, es decir: para llenarnos de cielo los pulmones.

Quizás en los cataclismos graves, en los peores, el sonido de las rocas no escriben trágicas sinfonías de polvos y reductos de piedras cercenadas, o al menos, los ilusionados que no quieren morir en dichos cataclismos, en el tiempo de la ira natural, no escuchan nada para morir tranquilos, pensando que las piedras son una lluvia de estrellas, despertadas en pleno día, bajo un cielo espumosos de nubes y más azul que lo azul.

Quizás eso ahora nos pasa y en medio de tanta tristeza, adivinamos que a pesar de todo, el peor cataclismo lo evitamos, no bastaría esa perversidad que la realidad ofrece como refugio, para entenderlo.

En momentos como éste, tenemos la tentación de reinventar, de imaginar todo lo contrario de nuestras decisiones, porque tenemos en la médula dominicana esa debilidad de volver sobre nuestros pasos cuando apenas tenemos segundos de braza sobre nuestros pies, cuando hay pueblos que lo entendieron bien y duraron años con esa braza, hasta llegar al río de sus alivios…

Será cuestión de convicción y tiempo, pero habrá que tener algo claro: no vendrá ningún Ángel ni Arcángel a salvarnos, Gabriel debe estar muy ocupado, lo que no hagamos a partir de nuestras convicciones, lo que no imaginemos para nuestro propio bien, la solidaridad que no practiquemos en el momento justo, la mentira que vivamos a titulo de venda de verdad, todo eso, todo eso nos impedirá, alguna vez: llenarnos de cielo los pulmones, para tener la fuerza que ahora quizás no vem