Lo cortés no quita lo valiente

Aunque no lo acepté, le agradeceré al doctor Roberto Rosario su ofrecimiento de mantenerme en la posición que ocupaba en la Junta Central Electoral, cuando él asumió la Presidencia del organismo.
Ahora que se ha provocado una avalancha de elogios hacia su persona, porque el gobierno norteamericano suspendió el visado que le permitía viajar legalmente a Estados Unidos, es oportuno recordar el tránsito de ese personaje por la presidencia de la Junta Central Electoral.
Parece mentira que la memoria selectiva opere tan automáticamente que aparentemente se borraron los recuerdos de las travesuras, del contubernio, de las trampas que recreó, inventó y puso en práctica el doctor Rosario para las elecciones del 2012, la más grave de las cuales fue la orden impartida, el mismo día de las votaciones, mediante la cual prohibió el ingreso al área de cómputos al delegado técnico acreditado por el Partido Revolucionario Dominicano y su candidato de entonces, Hipólito Mejía.
Ese mismo doctor Rosario fue quien aprobó, prohijó, aceptó y cohonestó, la serie de violaciones a leyes, disposiciones, principios, al actuar de manera visiblemente parcializada en favor de su Partido de la Liberación Dominicana, que lo mantuvo a la cabeza del organismo rector de las elecciones, por los buenos servicios prestados.
Ahora mucha gente se hace el chivo loco o ha olvidado las hazañas de Rosario, las triquiñuelas y diabluras que, desde el principio de su presidencia, conformaron el escenario del crimen de entrampar, dificultar, obstaculizar el ejercicio político de un partido mayoritario que actuó con honestidad y respeto a las leyes y reglamentos para favorecer, con la complicidad de las armas que decidieron respaldar bajo el eufemismo de cumplir órdenes, el golpe de estado electoral del 2012.
Pero ahí no se detuvo la acción del presidente de la Junta Central electoral, en su ejercicio del inexistente derecho a realizar diabluras contra la voluntad popular, trabajó con dedicación de fino orfebre de la maldad, para organizar, condicionar, trastornar, el vehemente deseo de cambio que se manifestaría en las urnas electorales, si el proceso se realizaba con normalidad y apego a la Constitución las leyes y los reglamentos.
De pronto, ante una decisión soberana de un gobierno que decide repudiar, rechazar, la posibilidad de que una persona, cual que sea, visite el país que puede otorgar el permiso de ingreso, se ha levantado una polvareda con la que se pretende ocultar las acciones parcializadas de un funcionario cuya impronta perversa tergiversó la voluntad popular de dos procesos electorales.

El visado de un pasaporte, que no es más que un documento de identificación, es personal, no entiendo el barullo, que se defienda Rosario, que culpas tiene.

Algo huele muy mal cuando se producen estas manifestaciones en favor de un funcionario cuyas acciones nunca estuvieron claras.