Lo que esperan las comunidades

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POR  DOMINGO ABRÉU COLLADO 
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Cuando se descubrió la posibilidad de que las áreas protegidas pudieran serlo más todavía si se manejaban turística aunque sustentablemente, la “piedra de San Pedro” para edificar, dar forma y filosofía a la idea fueron las comunidades que habitaban dentro de esas áreas y las que habitan en sus proximidades. Es decir, las comunidades adyacentes a los parques nacionales y reservas científicas sirvieron de punto de partida para concebir al ecoturismo, una alternativa turística definida simplemente como “un turismo que no daña la naturaleza”, aunque su definición categórica va mucho más allá de esa simpleza.

La cuestión es que el ecoturismo encontró su razón de ser en la necesidad de que las comunidades desistieran del uso de los recursos de las zonas naturales bajo protección, para evitar la puesta en peligro de especies de fauna y flora, evitar la erosión de los suelos, la contaminación de acuíferos, la pérdida de bosques, la desaparición de la herencia cultural indígena, la desertificación y otros males que trae consigo el crecimiento demográfico no controlado.

La idea inicial del ecoturismo nació y se fortaleció en los medios ecologistas y ambientalistas. Gente como Elizabeth Boo y Héctor Ceballos Lascurain generaron brillantes trabajos sobre el ecoturismo y las comunidades latinoamericanas, propiciando a su vez una visión de grandes posibilidades para la subsistencia de grupos humanos que tradicionalmente habían vivido de los recursos del bosque, aunque destruyéndolo en razón de su utilización nada reproductiva, es decir, el uso irracional, que no permitía ni su recuperación ni la creación de alternativas que pudieran sustituir la práctica depredadora.

La oferta ideológica ecoturística fue muy bien recibida en la República Dominicana por todo el movimiento conservacionista y ecologista. De inmediato se incorporaron a todos los proyectos relacionados con las áreas protegidas dos palabras que “iluminaban” los textos y propósitos de esos proyectos: “participación comunitaria”. Con estas dos palabras se garantizaba la aprobación de cualquier proyecto, pues las agencias y fundaciones las exigían como condición “sine qua non” para la aprobación de las propuestas.

Y claro está, los proponentes dedicaban (y dedican aún) dos o tres páginas al listado de actividades participativas de las comunidades e incluían (e incluyen aún) los beneficios que el ecoturismo dejaría (pero no deja todavía) a las comunidades.

Entre los beneficios prometidos está: a) la producción artesanal, en un país que no tiene artesanía vernácula, sino inventada; b) la utilización de personas de la comunidad como guías turísticos, en una nación con una pobrísima cultura general y definitivamente ignorante de la riqueza de su entorno; c) el trabajo directo, en un sistema de áreas protegidas carente de instalaciones decentes para la recepción turística; d) los albergues comunitarios, en comunidades donde la mayoría de la gente ignora hasta lo más básico de la limpieza, la higiene y la prevención de las más comunes enfermedades tropicales.

En términos generales, se difundió en todos los proyectos concebidos, en todos los programas gubernamentales (para áreas protegidas), en mucha de la propaganda política, en todos los proyectos de inversión cercanos los parques nacionales, en todas las propuestas de co-manejo y en todas las intenciones de las organizaciones no gubernamentales, la idea de que las comunidades tendrían grandes posibilidades de desarrollo, crecimiento económico y mejoría de la calidad de vida. Pero las comunidades todavía no vislumbran aún esos beneficios. Han confiado, esperan, aguardan pacientes, desean que ocurra, pero a muchos años de descubierto el ecoturismo, a decenas de años de su inclusión en todos los proyectos con “participación comunitaria”, todavía no ven el progreso llegar a sus comunidades.

Los niños se hicieron jóvenes, los jóvenes se hicieron adultos, los adultos se hicieron ancianos, y los ancianos murieron esperando esos beneficios. Por suerte (para las áreas protegidas), la idea de la conservación es lo suficientemente sana y suficientemente lógica para calar en la mentalidad de los niños y los jóvenes. Por eso se conservan las zonas naturales todavía. Pero la mayoría de esos jóvenes emigran a las ciudades, desesperados por la presión económica y porque la prosperidad que habría de llegar con el ecoturismo todavía tarda.

Otro aspecto es el de las instalaciones que se han construido en algunos parques para el manejo del ecoturismo. Pero sobre ello será el próximo artículo de País Bajo Tierra.