Lo que no se quiere enfrentar

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FABIO R. HERRERA-MINIÑO
Por alguna razón atávica, basada en los hechos que sacudieron la parte oriental de la isla durante una buena parte del siglo XIX, los dominicanos del siglo XX y los que han vivido en estos primeros años del siglo XXI, rehuímos la verdad y evitamos hacerle frente a la realidad de un pueblo que se muere de hambre y es una espada de Damocles para el futuro dominicano.

El pasado sábado, el editorialista de HOY, se hizo eco de unas declaraciones del subsecretario de las Naciones Unidas, coordinador para ayudas de emergencia del organismo, y publicadas el pasado viernes en este diario, en donde advertía a los vecinos de Haití, que una ola de balseros o refugiados se encaminarían hacia estos países, huyendo de la pobreza creciente y una hambruna presente que es culpa de la hipocresía y de la irresponsabilidad de las grandes naciones, y en particular, de las mismas Naciones Unidas ya que rehuyen desembolsar la ayuda prometida.

No hay dudas que el editorialista de este diario llamaba la atención de que realmente los más perjudicados, como siempre, seríamos los dominicanos, que en cada época de crisis haitiana, recibimos los embates de oleadas de refugiados, que ya son parte integral de nuestro escenario social, en donde no solo son útiles en la industria de la construcción y la agricultura, sino que han desplazado en muchas zonas a los limosneros que pululan en nuestras calles.

Las grandes naciones se contentan con prometer masivas ayudas. Hace pocos meses el primer ministro Latortue retornó gozoso de su viaje al exterior con la promesa de cientos de millones de dólares en ayuda, la cual no se ha materializado. Ahora salen México y Francia que van a coordinar un plan de ayuda junto a Venezuela para hacerle frente a la realidad de un país que se muere paulatinamente y poco tiempo para continuar como nación.

Los dominicanos hemos vivido de espaldas a Haití en los pasados 44 años. Parece que eso es resultado, de que durante la dictadura de Trujillo, el tema haitiano y las relaciones con el vecino estado, eran prioritarias para el dictador, en que no solo procedió draconiamente en 1937 cuando ordenó el asesinato de miles de haitianos, sino que supo ser compasivo y ayudarlos en sus necesidades para que le favorecieran en sus propósitos de hegemonía isleña y caribeña.

Durante las administraciones del doctor Balaguer se mantuvieron relaciones muy cálidas, en particular mientras el clan Duvalier dominaba el occidente isleño; más luego, en la década del 90, las relaciones fueron muy tirantes cuando Aristide pretendía arrasar con el país y encontró de frente a un anciano estadista que supo frenarlo, y luego, mantener una condescendiente ayuda cuando Haití estuvo aislado a consecuencias de los gobiernos militares que siguieron al primer derrocamiento de Aristide.

Los gobiernos socialistas que hemos tenido, tanto los del PRD como del PLD, no han querido enfrentar la realidad del vecino estado. Han sido indolentes y apáticos para hacerle frente a la situación, temiendo que cualquier participación dominicana se consideraría como una intervención. Pero la realidad es que tarde o temprano, y antes que sea demasiado tarde, el país deberá asumir su rol frente a la falsedad de las naciones poderosas, las que prometen mucho, pero nunca abren los bolsillos de una necesaria ayuda, que en cierta forma, se le pega a los dominicanos. Estos sostienen económicamente al vecino estado, quizás a más del 40% de su población contando los miles que viven entre nosotros; y con el contrabando, alimentado por una eficiente red de distribución, contribuye a paliar el hambre en muchas poblaciones en particular a Puerto Príncipe.

En los últimos años, Haití, se ha considerado como el canal para que aquí se reciba de todo, desde chinos hasta armas sofisticadas de guerra, pasando por el tráfico de drogas, que encuentran en la isla un canal muy adecuado para dar el salto a los Estados Unidos o a Puerto Rico, mediante los viajes ilegales, uso de embarcaciones y aviones, que aún cuando son vigilados, se las ingenian para burlar el control norteamericano de su espacio aéreo y marítimo.

Es hora que los dominicanos, olvidando que podrían herir susceptibilidades isleñas, asuman el rol que nos toca cumplir. Y es de cooperar con el renacer de Haití para que ellos puedan restablecer la viabilidad de un estado para no caer en un fideicomiso, ya que con su valioso material humano se logre frenar el holocausto final.