Los bancos (apenas) detectan una nueva alerta: el cambio climático

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Al interior de algunos de los bancos más grandes del mundo, pequeños equipos de empleados intentan calcular una cifra que acaso sea una de las más importantes que jamás revele una institución financiera: en qué medida contribuyen los activos en sus balances al calentamiento global.
Uno de esos empleados es Kaitlin Crouch de ING Groep NV. Durante los últimos cinco años ha estado diseccionando transacciones de todo tipo, desde préstamos corporativos hasta hipotecas residenciales, para probar formas de medir la huella de carbono de la institución holandesa. La cifra es esquiva. Los datos proporcionados por los clientes del banco, que van desde fabricantes de automóviles hasta productores de energía, a menudo son inexactos, y es posible contar dos o tres veces las mismas emisiones cuando diferentes partes del banco trabajan con el mismo cliente. “Rápidamente se convierte en un asunto titánico y a veces desmotivador una vez que comienzas a comprender el nivel de complejidad”, dice Crouch.

Contabilizar el carbono puede no ser un trabajo glamoroso, pero los bancos poco a poco están viendo la necesidad de hacerlo. El año pasado, la Organización de las Naciones Unidas advirtió que de no fijar nuevos límites en el aumento de la temperatura global en la próxima década, la humanidad podría ver escasez de alimentos, migraciones masivas e inestabilidad tan pronto como el año 2040. Para los bancos, una preocupación es que si la sociedad ignora el problema y luego se ve obligada a realizar una transición rápida hacia una economía baja en carbono, las empresas y los activos que producen muchas emisiones podrían sufrir un desplome en su valor.

El gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, advirtió que las compañías financieras podrían enfrentar un “momento Minsky climático” a menos que comiencen a divulgar su exposición a los riesgos del calentamiento global. Se refería al economista Hyman Minsky, quien argumentó que las crisis financieras son causadas por riesgos ocultos que se acumulan en los balances (pensemos en las hipotecas de alto riesgo). La idea es que el cambio climático podría ser una de esas vulnerabilidades que no es tomada en cuenta, no entra en los cálculos de exposición al riesgo.

Pero hoy, después de que Europa registró temperaturas récord en julio y los incendios forestales de California llevaron a la quiebra a la compañía eléctrica PG&E, docenas de bancos, aseguradoras y planes de pensiones parecen más receptivos. Han anunciado planes para unirse a otras compañías como Walmart y Adobe para establecer, por primera vez, objetivos conducentes a reducir sus emisiones contaminantes en concordancia con el Acuerdo de París (Michael Bloomberg, fundador y propietario mayoritario de Bloomberg, dueña de Bloomberg Businessweek, preside el Grupo de Trabajo sobre la Divulgación de Riesgos Financieros Asociados al Clima, un esfuerzo para alentar la divulgación corporativa de los riesgos ambientales).

Las operaciones propias de los bancos, como las oficinas corporativas y los viajes de los empleados, no son el principal problema a la hora de evaluar su huella de gases de efecto invernadero. Lo que preocupa a los activistas climáticos son más bien las emisiones que los bancos hacen posible gracias a sus préstamos y otros servicios prestados a las empresas. “A menos que la banca cambie fundamentalmente sus prácticas de préstamo y suscripción con respecto a los grandes emisores de carbono, su apoyo al Acuerdo de París es letra muerta”, dice Louise Rouse, consultora sobre cambio climático y finanzas para organismos sin fines de lucro. Muchos bancos, reacios a declarar grandes huellas de carbono, argumentan que no deberían tener que asumir la responsabilidad por las emisiones de sus clientes.

Las instituciones financieras se han quedado atrás, al menos frente a muchas otras industrias, en el tema de la divulgación de emisiones, y deben ponerse al día rápidamente, apunta Olaf Weber, profesor de la Universidad de Waterloo que estudia el impacto de la industria financiera en el desarrollo sostenible. Weber predice que los datos sobre emisiones podrían ser un indicador clave de rendimiento “dentro de cinco años”.

En Estados Unidos, donde los activistas afirman que el abandono del presidente Trump del Acuerdo de París en 2017 dio a los bancos estadounidenses carta blanca para no implicarse, el progreso ha sido lento. Los bancos franceses y holandeses, en cambio, han sido los primeros en actuar.

ING está entre los bancos europeos que han dicho que alinearán sus préstamos con el objetivo de París de mantener el calentamiento planetario por debajo de dos grados centígrados. Kaitlin Crouch es originaria de Florida y reside en Países Bajos, dos regiones en riesgo por el aumento del nivel del mar. Dirige un equipo de cinco personas en la unidad de sostenibilidad global de ING. Su grupo examina los activos físicos de los clientes, su producción y su capacidad de producción. Luego, calculan las emisiones que generan esas empresas en relación con la cantidad de financiamiento que el banco les ha proporcionado.

Más allá del desafío de contabilizar las emisiones, está la tarea mucho más hercúlea de reducirlas. Alrededor de 45 instituciones financieras a nivel mundial, entre ellas la británica HSBC Holdings y la francesa Société Générale SA, se han comprometido a participar en la Science Based Targets Initiative, un esfuerzo voluntario que establece objetivos para reducir las emisiones. Solo cuatro compañías estadounidenses se han adherido a la iniciativa: la aseguradora MetLife, la gestora de activos Principal Financial Group, la inversora en proyectos de energía limpia Hannon Armstrong y la firma de capital privado FullCycle Energy.