Los baños de alegría

Federico  Henríquez Gratereaux

Es casi seguro que la alegría favorece la buena salud. El gusto por vivir estimula todas “las glándulas fundamentales”, según proclama cierto amigo de edad avanzada. Un poco de vino, una loncha de jamón, un pedazo de queso, no son más que “fertilizantes” para que florezca la alegría en las mesas de las tabernas. La risa ha sido siempre asociada a la alegría. Un compañero del primer trabajo que tuve, en los años cincuenta y tantos, acostumbraba brindar diciendo: “por la alegría de haber cobrado mi sueldo”. Vinculaba el dinero con la alegría, el gasto superfluo, la despreocupación por los “horarios de trabajo”.

Otro amigo, también “entrado en años”, afirma que morir de risa puede no ser una expresión idiomática. Cuenta la historia de un árabe, comerciante en la Avenida Mella, quien murió a consecuencia de un “ataque de risa”. Parece que sufrió un problema respiratorio que le trajo un “paro cardíaco”. Y esa es la prueba de que la alegría no siempre favorece la buena salud, concluye en una risotada alegre, afirmativa, despreocupada por el futuro inmediato. En cada reunión de viejos amigos, alrededor de las mesas de cientos de bares, aparece un contertulio que declara solemnemente: “si no fuera por estos momentos la vida sería muy pesada”.

Es obvio que los hombres viejos sufren frecuentes achaques de salud, deben beber numerosos medicamentos, someterse a exámenes médicos; y tal vez eso los incline a las pausas gozosas de tapas y copas. Sin embargo, he visto grupos de jóvenes que optan por la alegría como “método de sobrevivencia en tiempos difíciles”. Todas las semanas organizan reuniones “para olvidar las cosas desagradables”. Entre ellas, mencionan: la delincuencia callejera, la política partidista, la competencia profesional, la congestión del tránsito.

Los especialistas de la comunicación, habituados a oír noticias espeluznantes, a leer crónicas dolorosas acerca de narcotraficantes que escapan de la justicia ordinaria, sobre políticos malversadores de fondos públicos, también reclaman un respiro para sentir que podría tocarles la alegría. Estos “pequeños disfrutes”, con amigos que conversan en ánimo festivo, funcionan como reconstituyentes hematopoyéticos. El “baño de alegría” de la tertulia tradicional, sustituye al costoso “spa” de hoteles de lujo, a los baños termales de los antiguos romanos.