Los biocombustibles y el
reencuentro con la agricultura

JOSÉ LOIS MALKUN
¿Le llegó la hora a la agricultura? Es posible, porque siempre pensé que el que siembra o es masoquista o un agente encubierto de los subsidios que pagan los contribuyentes urbanos. En mis largos años vinculados a este sector concluí que producir la tierra era un pésimo negocio, porque sino eran los vientos, la sequía, el exceso de agua, las plagas, los subsidios cruzados o los malos caminos vecinales, el Gobierno se encargaba de aniquilar cualquier milagrosa rentabilidad obtenida, ya sea con impuestos directos o indirectos, restricciones al comercio o controles de precio.

Por donde quiera a la agricultura la penalizaban, como si producir fuera más que un negocio para ganar dinero, un servicio social obligatorio.

La FAO con su Seguridad Alimentaria y los países desarrollados con los subsidios a sus productores de granos, condujo a la agricultura del tercer mundo a un callejón sin salida. Todo se redujo a intensas luchas en los foros internacionales para que esos subsidios se desmontaran, pero sin mucho éxito. Mientras tanto, los subsidios que esos países tercermundistas otorgaban a los productores se quedaban en el bolsillo de los que no producían nada. Vean como los molineros andan en Mercedez Benz y el que siembra arroz apenas gana para comer.

Pero gracias a los bio-combustibles, parece que todo se encamina por un nuevo sendero. El maíz, el pobre y subsidiado maíz para alimentar animales y producir tortillas, ahora es oro molido en los mercados internacionales. En el caso del arroz, por primera vez en un siglo, el precio internacional es más alto que el precio local. Eso podría ahorrarle al Gobierno miles de millones de pesos en subsidios anuales para este cultivo, si dejan que su producción y comercialización se desenvuelva sin intervención del Gobierno, excepto para darle al productor apoyo tecnológico y organizativo. Pero eso sigue siendo un sueño porque se requiere de una profunda transformación de pensamiento y de estrategia.

No hay dudas que el reencuentro con la agricultura es mucho más complejo de lo que parece. No se trata únicamente de llenar las tierras ociosas de semillas mejoradas o comenzar una loca carrera de inversiones arriesgadas donde el sector privado y la banca tienen un nuevo nicho para ganar dinero.

Ahora hay que tomar en cuenta el precio del petróleo. La extrema fragilidad de los ecosistemas. La calidad de los alimentos. La expansión de la demanda hacia productos orgánicos. La necesidad de integrar nuevos especialistas más allá de agrónomos y tecnólogos. La inversión en biotecnología, que ahora es parte integral del paquete tecnológico. La competitividad y las nuevas exigencias de los acuerdos comerciales con otros países. La rápida expansión de la agricultura controlada (invernaderos) para reducir los riesgos climáticos. La reforma institucional de un sector que carece de seguridad jurídica y transparencia. Y todo esto es apenas el comienzo.

En fin, ese reencuentro tiene también su lado oscuro y sus costos, pero hay que tomar la Iniciativa.