LOS BUENOS DIAS
La isla artificial

RAFAEL MOLINA MORILLO
Recuerdo una anécdota de Juan Llibre, ese gran poeta nuestro tan querido por todos, a quien se acercaron unos inversionistas con intención de comprarle las tierras adonde él había acomodado su retiro, en una playa de la hermosa costa puertoplateña. Cuenta la historia que los mentados inversionistas querían esos terrenos para levantar allí un fabuloso complejo turístico y estaban dispuestos a pagar cualquier precio por ellos.

Pero Juan Llibre no quería vender. Se sentía cómodo, libre y feliz en su paraíso privado, y ya no concebía vivir en otro sitio. De modo, pues, que pidió un precio exorbitante para ahuyentar a los presuntos compradores. Para su sorpresa, éstos aceptaron la oferta. Fue entonces cuando, al verse acorralado entre la espada y la pared, Llibre se llevó la mano a la cabeza y dijo: “Un momento, acabo de recordar algo ¼ ¿cuánto me van a pagar extra por los dos pajaritos que cada mañana se posan en mi ventana y me despiertan con su canto? Porque eso¼ ¡no tiene precio!”

Desde luego, el negocio no se materializó.

Esta historia me ha venido a la memoria por la isla artificial que el Gobierno quiere fabricar frente al malecón de la capital, sin consultar a los habitantes de la ciudad y sin tener en cuenta al Congreso Nacional, a pesar de que se pretende cambiar la geografía del país.

Me viene a la memoria porque dicen los promotores del invento que el Estado no tendrá que poner ni un centavo en la construcción de la isla, como si el dinero fuera todo en la vida. Pero aún admitiendo que el vil metal sea lo más importante¼ ¿cuánto nos van a pagar a los que vivimos en esta ciudad, por privarnos de la vista del horizonte, de los crepúsculos y de los amaneceres del Mar Caribe?

r.molina@verizon.net.do