Los cien días

R. A. FONT BERNARD
Los “cien días” datan del primer ejercicio presidencial de Franklyn Delano Roosevelt, el año 1933. Y si en la actualidad nos abocamos a rememorarlos, es ateniéndose al predicamento, ofertado por el Presidente de la República, doctor Leonel Fernández, en el sentido de que “desde ahora en adelante un nuevo espíritu ha de apoderarse de nuestro pueblo”. Un espíritu de optimismo, de fe, de confianza y determinación.

FDR, quien como candidato del Partido Demócrata se identificó en la campaña electoral del 1932 como el “amigo del hombre olvidado”, emergió como la opción para un cambio político y social, en los Estados Unidos de América, tras la época de cansancio y de temor, que caracterizó la presidencia de su antecesor, el republicano Herbert Hoover.

Desde el patricio George Washington hasta el idealista Woodrow Wilson, la mayoría de los grandes presidentes norteamericanos, habían sido figuras dominantes del pensamiento, en los momentos en que había que aclarar ciertas ideas históricas, en la vida de esa nación. Y para la campaña presidencial del 1932, la gran prensa del país, consideraba al candidato demócrata, como “un hombre dotado de sentido común y honrado”.

FDR tenía, como el principal obstáculo para sus aspiraciones, la invalidez física que le había ocasionado la poliomielitis que le había afectado en su juventud. ¿Podría asumir la responsabilidad de dirigir al país, -sobre todo en medio de la crisis económica iniciada el año 1929-, un hombre sin madurez política, y más aún inválido?

Pero, al acceder a la Jefatura del Estado, FDR tuvo la habilidad de rodearse, no sólo de colaboradores seleccionados entre sus partidarios, sino además, de ciudadanos independientes, caracterizados por la diversidad de sus ideas. Y por su habilidad para establecer relaciones, en todos los estadios de la sociedad. Como un “trust de cerebros”, fue calificado por la prensa, ese grupo de colaboradores. A todos los seleccionados les inspiraba el interés por las reformas sociales, pero como fue convenido, “bajo un concierto nacional de intereses, dirigido por un gobierno nacional fuerte”.

Se ha dicho, que el lugar que ocupa cada hombre público en la historia, lo determina, en gran parte, la forma en que hace su entrada en el escenario. Y FDR, como quedó comprobado posteriormente, era un gran actor. Como tal, y consciente de la magnitud de la crisis que debía encarar, convocó previamente a sus conciudadanos, en la búsqueda de su conformidad, para el período de los “cien días”, que necesitaría para iniciar el encauzamiento de la nación.

Esa convocatoria justificó el dramatismo de su discurso de juramentación: “Estoy seguro -dijo- que mis compatriotas esperan, que al instalarme en la Presidencia, me dirija a ellos, con una sinceridad y decisión, como la que exige la situación presente del país. El pueblo de los Estados Unidos quiere una acción directa y vigorosa, y me ha hecho el instrumento temporal de sus deseos”. Para proseguir: “Este es el momento en que hay que decir la verdad, toda la verdad, franca y audazmente. Por lo tanto, antes que nada, permítaseme que asevere mi firma creencia, de que la única cosa que tenemos que temer, es al propio temor, el temor injustificado, irrazonable, que paraliza los esfuerzos que son necesarios, para convertir una retirada en un avance”.

“Y, en el conocimiento de que estaría obstaculizado por una mayoría parlamentaria republicana, el nuevo Presidente aprovechó la magnitud de la situación que debía encarar, para señalar que confiaba en que el equilibrio normal entre los poderes ejecutivo y legislativo, sería suficiente para hacerle frente a la área. Pero advirtiendo cautelosamente, que “quizás fuese necesario, desviarse temporalmente el equilibrio normal”. En tal virtud, él recomendaría las medidas que pudiese requerir, “una nación postrada, en medio de un mundo doliente”. No rehuiría el camino de deber, y si fuese necesario, “pediría al Congreso, amplios poderes ejecutivos, para luchar contra la crisis”.

En su discurso inaugural, FDR prometió una dirección de vigor, y fue, en sus cien días iniciales, una encarnación viva de su mensaje. Logró asumir el rol de Presidente de todo el pueblo, alzándose por encima de los partidos, y de los intereses particulares. Una especie de monarca constitucional, amparado por un excepcional poder político. En esos primeros cien días, FDR confirmó, mediante la adopción de medidas políticas y administrativas excepcionales, la sentencia de Napoleón Bonaparte, de acuerdo con la cual “un trono es un pedazo de madera, revestido de un trozo de tela, y que la diferencia la establecía, el que estuviese sentado en él. “O sea, que estar en el poder, no es lo mismo que tener el poder, porque el control del poder significa, ante todo, controlar bellaquerías que se intercambian, complicidades soterradas y la mala fe encubridora de actitudes aberrantes.

La precedente referencia a los primeros cien días del primer gobierno del Presidente Roosevelt, en 1933, la hemos actualizado, de cara a la novedad que supone el gobierno recién instalado el pasado 16 de agosto, presidido por el doctor Leonel Fernández. La anhelada aparición, para devolverle a la nación su perdido orgullo, y la confianza en un promisorio futuro.