Los contrastes de nuestra política

El ejercicio político en nuestro país es una asombrosa amalgama de progreso y atraso que pendula entre lo virtual y lo real. Para más de un candidato es más importante la magia que hace el “Photoshop” en la imagen de afiche, que exhibir una conducta que resalte la imagen intrínseca. En la puja electoral, en el marketing político, nadie chista por aparecer con atributos físicos  desfasados con la realidad. Aparecer acicalado  en las fotos es, sin duda, más relevante que exhibir una conducta impecable.  Lo visible subyuga lo que erróneamente se presume intangible.

Ningún pretendiente al poder se pierde a la hora de echar mano a los avances tecnológicos que facilitan los sondeos o disgregar los mensajes por e-mail. Pero siempre hay un atraso real que se sobrepone a lo virtual, y por eso en vez de automoderar  conducta, nuestros políticos tienen que ser moderados por clamor de notables y bajo el amparo de cumbres. Tanta agudeza para las magias tecnológicas no ha logrado modificar el atraso en la postulación y el debate. Se es aguerrido a la hora de asumir la modernidad que permite promover la imagen visual, pero tímido y escurridizo cuando de  batirse en ideas con el contrincante se trata. Ese contraste de modernidad y atraso explica que  sea necesario que la Junta Central Electoral convoque una cumbre que pretende llegar al adecentamiento del lenguaje.



Cuidado con el subsidio al gasoil

El Gobierno ha dicho que el subsidio al gasoil para transporte de carga y pasajeros tiene la finalidad de evitar que las constantes alzas petroleras  recaigan sobre los consumidores y usuarios a través de ese renglón.

No hay duda de que esa sea la intención, aunque parte de la oposición política intenta asociar esta medida con la campaña por la reelección del Presidente Leonel Fernández.

 Sin embargo, el Gobierno tiene que afinar los controles para evitar que con el subsidio al gasoil ocurra lo que ocurrió con el del  gas licuado de petróleo, que estuvo en principio destinado a los hogares y ha terminado en manos de transportistas y propietarios de lujosas yipetas. El subsidio es un buen dique de contención para evitar que las alzas se desborden hacia los más necesitados, pero tiene asidero pensar que se puede prestar a distorsiones y a fomentar situaciones engorrosas. Hay que afinar los controles que permitan fiscalizar bien  ese subsidio.