Los cristianos ante una civilización decrépita

Leer el Apocalipsis no es cosa fácil ni siquiera para los creyentes más instruidos. Especialmente porque parecería increíble eso de que el mundo de la ciencia y del homo sapiens se encamina hacia una catástrofe colosal. Pero no es por eso que los creyentes están tan inquietos acerca de los cambios “culturales” y legales que se están introduciendo en nuestro país con patrocinio de poderes extranjeros.

Hay un temor natural propio de la ignorancia, y otros temores que vienen de las malas experiencias que hemos tenido los países del tercer mundo con los países civilizados de Europa, que luego de haber saqueado, por ejemplo, al África, ahora se amurallan contra las hordas famélicas que suben nadando hasta las madres patrias por limosnas y sobrantes de sus magníficas economías.

No basta con el ejemplo de los cristianos para convencer al mundo, como recomendara un amigo periodista y director de diario; De hecho no ha bastado el ejemplo del propio Jesucristo, el de María, los apóstoles y los miles de santos que todavía dan testimonio en Calcuta con Teresa a la cabeza. Porque se trata del comportamiento decrépito de una civilización dominada por el capitalismo salvaje, carente de rumbo, de moral y de propósito. En este “modelo” el César no es la ciudadanía, ni siquiera un dictador predecible jalando hacia su sola personal conveniencia y capricho.

El César de este planeta es una abstracción, un sistema de corporaciones al que solamente le importa el poder y el mercado. Una “sociedad” de muy pocos socios, que imponen su ideología e intereses a una población “descriteriada” ganada por el hedonismo, el afán de consumo y de estatus. Poderes con el fatal agravante de carecer de proyecto de hombre o de nación; dudosamente inspirados en un pervertido “laissez faire”, ya que el azar y el libre juego de las fuerzas del mercado serían menos injustas.

El capitalismo y la globalización brutales son amorales (en el mejor caso). Ante ello, los pueblos pequeños, habitantes “de orillas” y periferias cuentan con pocos defensores, quienes por carecer de cañoneras, arcabuces o cerbatanas, tan solo pueden amenazar con negarles sus votos cuando cada cuatro años los convoquen a confirmar candidatos pre seleccionados pseudo democráticamente; o presagiarles el fuego eterno del infierno, lo cual poco atemoriza a cínicos e incrédulos. El colmo, pues, parecería que también se diga que ese pataleo casi inofensivo de las iglesias y de los ciudadanos conscientes es también una iniquidad.

Nuestros pobres, siendo tan pobres, tan solo quieren asegurarse de los charamicos del techo de su submundo no se les caigan encima, que su cultura y lengua materna no se les tornen hostiles, y que sus hijos no se les vuelvan en contra; por lo cual tienen miedo de que un Estado socialista dirigista, o un capitalismo salvaje, les roben la patria potestad, el derecho a aconsejarlos y educarlos, y así mantener cierto razonable control sobre el porvenir, impidiendo que el mundo los vuelva en su contra o se los lleve y ya no regresen. O regresen siendo otros.