Los destructores de calles capitaleñas

FABIO R. HERRERA-MINIÑO
Son muchos los responsables de que las calles de la ciudad capital y sus cabildos satélites muestren tantas deficiencias en su mantenimiento y en la calidad de sus asfaltados, que muchos pasan por alto uno de los causantes más importantes de los daños que perjudican el dinero que invierte el cabildo y el gobierno en la reconstrucción de calles y avenidas.

No se trata de las instituciones estatales que realizan todo tipo de excavaciones de zanja para diversas tuberías o de vecinos que por su cuenta destruyen las calles para perforar las tuberías de agua, sino que existe un sector de la construcción a la que no se le llama la atención y cada vez sus daños son más visibles y molestos por las protuberancias que dejan en las calles capitaleñas, por el hormigón derramado en su tránsito a servir su producto a cientos de clientes en la industria de la construcción.

No hay dudas que los camiones trompos que transportan el hormigón premezclado son un gran auxiliar de la construcción, ya que permite a los contratistas tener un producto de calidad y bien mezclado, que a precios razonables, contribuye al avance de los trabajos. Sin embargo, no todo es color de rosa en el sector cuando esos camiones trompos, en su ruta, van derramando parte de su contenido, que aún en proporciones pequeñas, esos derrames se convierten en protuberancias que perturban el normal desplazamiento del tránsito por las calles y avenidas de la capital y de Santiago.

El hormigón premezclado, servido en camiones trompos, tuvo sus inicios en la década del 50, cuando se construyeran las primeras autopistas con ese producto. Así se construyeron las autopistas a Santiago, a Boca Chica y a Haina y por igual la pista de aterrizaje del aeropuerto internacional de Punta Caucedo. Por igual se inició su uso en algunas construcciones de edificios y viviendas que se modernizaban con el uso del hormigón industrial.

El hormigón industrial desplazó con más fuerzas a finales de la década del 60 a los populares concreteros, que daban el servicio a los contratistas, llevando sus equipos de ligadoras y winch para vaciar losas de diversas edificaciones, que en aquellos tiempos no pasaban de un cuarto piso.

Recuérdese que esos primeros vaciados de hormigón industrial, transportado en camiones trompos, eran de una empresa que perteneció a Trujillo, sus familiares y algunos de los colaboradores allegados al dictador, que así se iniciaban en un negocio, que en los primeros años del siglo XXI se encuentra en pleno auge, existiendo en las ciudades más importantes empresas que dan el servicio, pero provocando el mismo problema del derrame de concreto que no es limpiado por esas empresas.

La abundancia de empresas, que sirven hormigón premezclado a cientos de contratistas que laboran por todo el área del gran Santo Domingo, están ocasionando un daño apreciable a las calles cuando los camiones trompos van dejando caer parte de su contenido, que al fraguar, es difícil quitarlo. Pero no hay una autoridad responsable y vigilante del bienestar ciudadano que reclame a esas empresas que vayan a limpiar esos derrames, que en algunos lugares son muy notorios.

Uno de los principales puntos de concreto derramado, y solidificado con el paso del tiempo, es la esquina noreste de la intersección de la avenida 27 de Febrero con la Luperón, en donde es notoria la elevación por encima del asfaltado original. Allí ninguna autoridad ha exigido a las empresas que sirven el hormigón a remover esos residuos. También existe igual inconveniente en la intersección de la autopista Duarte con la carretera a La Cuaba, donde hace poco se instaló un semáforo, allí se intentó remover parte de ese concreto consolidado, pero el esfuerzo duró poco tiempo. Ahora se nota más con el uso del semáforo que da lugar a que el viajero observe de cómo el asfaltado de la autopista se va destruyendo paulatinamente.

Además, a muchas autoridades no les interesa enfrentar a las empresas hormigoneras, ya que por lo general sus principales propietarios o accionistas son contratistas de obras estatales muy exitosos y de funcionarios gubernamentales, que a cuenta de disfrutar del poder, no se creen en la obligación de cumplir con las mínimas reglas del respeto ajeno o de proteger la propiedad pública. Ojalá que algún día veamos a personal de esas hormigoneras removiendo todo el concreto derramado en calles como las ya mencionadas y en algunas de las avenidas de la parte industrial de Haina.