Los dominicanos en las guerras de independencia de Cuba, de Carlos Esteban Deive

En el prólogo a la obra “Honor y gloria. Los dominicanos en las guerras de independencia de Cuba”. SD: Santo Domingo: Fundación García Arévalo, 2011, 433p), de Carlos Esteban Deive, Manuel García Arévalo sintetiza la temática al señalar el “prolongado, complejo y desgarrador proceso de emancipación e intelección de la idea nacional” en las tres Antillas mayores desde finales del siglo XVIII hasta finales del XIX.

Deive lo describe y analiza el proceso con extrema perspicacia. Toma partido a favor del derecho de estas islas a independizarse de España. En su libro aparece copiosamente ese proceso y las ideologías difusas que coronan los esfuerzos de los personajes que participaron en esas luchas, antecedentes de la independencia de Cuba, cuyo más sonado caso fue el de las expediciones de Narciso López. Estas y otras tentativas muestran, en el libro del autor, las apetencias, financiamientos y oposiciones de las potencias imperiales, así como los juegos de alianzas y traiciones políticas.

Antes de abordar el tema de los dominicanos y las guerras de independencia de Cuba, Deive describe y analiza el asunto de las migraciones dominicanas a aquella isla. Poco después del encuentro de las dos culturas, se produce el caso del cacique Hatuey que llega a Cuba para prevenir a sus pares indígenas de las matanzas de indios en la Española por parte de los conquistadores ávidos de oro. Luego analiza las migraciones de isla a isla y las que tuvieron lugar cuando el Tratado de Basilea, la ocupación de la parte oriental por Toussaint y las últimas, a raíz de las invasiones de Dessalines y Cristóbal, las cuales culminaron con la ocupación de Boyer luego de proclamada la primera independencia de Núñez de Cáceres el 1 de diciembre de 1821 contra el dominio español al cual Sánchez Ramírez había enyugado la parte oriental luego de la derrota de Ferrand en Palo Hincado.

Rota la unión con Haití el 27 de febrero de 1844, los dominicanos accedieron primero que Puerto Rico y Cuba a la independencia, pero contrariamente a las otras colonias, que se independizaron de España, la nuestra lo hizo en contra de Haití, lo cual acarreó, hasta hoy, un complejo proceso de guerras terminado con la última invasión de Soulouque en 1856. Complejo proceso que incluyó una segunda reincorporación a España en marzo de 1861, decretada unilateralmente por Pedro Santana, abatido por la gran crisis económica europea y por el miedo a que los haitianos se apoderaran de nuevo del país y salvar así lo poco que quedaba del predominio clasista de los hateros en lucha permanente contra la pequeña burguesía mercantil de las ciudades más importantes y del campesinado dependiente de los comerciantes.

En este contexto analiza Deive cómo, luego de la restauración de la república en 1865, al vencer al poderoso ejército profesional español, los combatientes dominicanos del lado de la metrópoli llegan a Cuba con los remanentes de aquel ejército derrotado al cual acompañaban negros y mulatos oficiales “portadores armas”, lo cual constituyó, según García Arévalo, una “novedad”. Y un susto a la vez, pues, como antaño, los negros esclavos que huyeron de la matanza de franceses entre 1791 y 1804, podían convertirse en émulos para los negros y mulatos cubanos sometidos a la dura esclavitud en Cuba.

De ahí que los dominicanos pro hispanos, negros, mulatos o blancos fueran puestos en cuarentena, aislados de la población cubana, discriminados y preteridos en las promesas que les hicieron de repartirles tierras, oficios y grados en pago de su lealtad. Analiza Deive que en la primera clarinada de independencia de Cuba contra España los hermanos Marcano, Máximo Gómez, Peña y Reynoso y tantos otros se enrolaran en la guerra proclamada por Carlos Manuel de Céspedes y conducida en gran medida por el Mayor Ignacio Agramonte. Esa guerra, conocida como de los Diez Años, terminó en 1878 con la Paz del Zanjón y solo benefició a España, que recompuso su ejército y aplicó una política de asistencialismo y pudo vencer la “guerra chiquita” comandada por Antonio Maceo de 1880 a 1882.

Vencidos por todas partes, los cubanos se replegaron en el exilio, y duró su calvario de 1878 a 1895, intervalo en que el poeta iluminado José Martí peregrina por toda América, como un Moisés, recomponiendo la voluntad de todos los cubanos para sacudirse del yugo de España.

Lo logró, a un alto precio. Fundó clubes revolucionarios en toda América, luego de la creación del Partido Revolucionario Cuba. Afiló las garras poéticas y políticas que le permitieron construir el sueño de una Cuba independiente y dejar una obra literaria de primer orden en América. Su proyecto de independencia total de Cuba, descrito y analizado por Deive, se encontró de frente con el cinismo y la arrogancia de los sujetos del naciente imperialismo norteamericano, quienes propinaron en Filipinas el golpe de gracia al alicaído imperio español, le obligaron rendirse y firmar el Tratado de París y se quedaron con Puerto Rico y varias islas del Pacífico, controlaron a Filipinas, pactaron ayudar a Cuba a lograr su independencia, pero la controlaron hasta 1959, y aun así se quedaron, hasta hoy, con el control de Guantánamo.

En esa lucha por la independencia de Cuba todo se jugó en Santo Domingo. Desde la cúpula del poder, Ulises Heureaux brindó recursos y logística para que Martí y Máximo Gómez llegaran a Cuba. Los intelectuales, el comercio, la prensa y el pueblo llano de las ciudades propiciaron el esfuerzo escrito y oral para que los libertadores, en compañía de unos pocos elegidos, salieran de Monte Cristi en abril de 1895 a cumplir con la orden de alzamiento de febrero. Mientras que los demás gobernantes del continente de habla hispana dejaron sola a Cuba y, como lo documenta Deive, los grandes intelectuales españoles asumieron el nacionalismo patriotero y guerrerista (Menéndez Pelayo, Juan Valera, Curro Enríquez, Silvela). Pero Castelar, Blasco Ibáñez y Unamuno apoyaron la lucha cubana. Otros manifestaron posiciones ambiguas, como Maeztu, Clarín y Pardo Bazán.El apoyo dominicano está documentado en los dos libros de Rodríguez Demorizi sobre Maceo y Martí en Santo Domingo y el apoyo intelectual en la obra “Álbum de un héroe” (1896), de Federico Henríquez y Carvajal, publicado en 1896 después de la muerte de Martí.

Martí dejó su vida en el campo de batalla. Sin tirar un tiro se inmoló al desobedecer la orden de quedarse en la retaguardia. No vio su obra. Por no verla, con toda seguridad, fue adulterada. Con Martí vivo, aunque el imperio norteamericano hiciera lo que hizo (destrozo del poderío español en Cuba con el pretexto de ayudarla a obtener su independencia), las negociaciones no hubiesen sido lo que fueron con la oligarquía azucarera y sus representantes Estrada Palma, Méndez Capote, etc. Ni el general Leonard Wood se hubiese atrevido a tanto. Pero sin Martí, y con un ejército sin posibilidad de acción o de levantarse y proseguir la guerra, Máximo Gómez trató de salvar lo más que pudo el pensamiento radical de Martí. El libro de Deive muestra las vacilaciones de Gómez, que yo atribuyo a que, como militar, no podía ver lo político en la política, como sabía verlo y analizarlo José Martí.