Los ladrones más peligrosos

TONY PÉREZ
No hay gente más hábil que los ladrones, tanto que me gustaría conocer mi cuota asignada de la caterva que anda por las calles para ver si les convenzo sobre un mejor uso de su talento y agradecerles de paso que me enseñaran a entender un poco esta jungla que llaman Capital pero que sólo es un sitio anárquico donde cada quien cree que “el infierno son los demás”. Les cuento tres historias de mis pedagogos anónimos.

Al filo de los setenta acaba de llegar del fronterizo Pedernales para estudiar en la UASD y trabajar en una radio. Todavía me resultaba extraña la cotidianidad capitalina. La percibía anárquica y en creciente deshumanización. Me abrumaban las calles El Conde y Palo Hincado, las avenidas Mella y Duarte, atestadas de transeúntes indiferentes, carros destartalados y carretas tiradas por caballos flacos y con lomos carcomidos por gusanos. En ese contexto me dieron el primer zarpazo.

Pareció de película lo que me pasó en la Palo Hincado con Mella. Dos jóvenes con caras de bonachones se me acercaron mientras gestionaba el enlace técnico en ruta hacia Guachupita, donde residí mis primeros años. Me ofertaron a precio irresistible un superanillo que tenía tanto oro como la mina de la provincia Sánchez Ramírez en ese momento.

Uno de ellos, bien vestido y bigotes bien delineados, simulaba ansiedad por adquirirlo. El otro, jovenzuelo andrajoso y desnutrido, hacía de dueño de la codiciada prenda y decía que quería salir de ella rápido pues debía regresar a su pueblo, San Cristóbal, para entregar una parte del dinero a un señor y la otra para comprar la comida de su madre.

Quise salir del trance porque estaba advertido sobre el tigueraje capitalino, pero su capacidad de hipnosis venció a mi mente pueblerina. Les pedí la joya para llevarla a un probador que operaba cerca. Pusieron como condición que les dejara mi reloj; no era un Cartier, pero para mi representaba mucho más. Accedí y cuando apenas daba la espalda se esfumaron entre el tumulto.

Pensé que no había perdido pues tenía en mis manos el superanillo maravilloso. Mi alegría duró hasta que llegué a casa. Durante los días siguientes fui el hazmerreír de todos. Jamás he vuelto a ver a los vendedores, pero sí me han contado muchas historias similares.

A mediados de los ochenta, otra travesura de los rateros.

Era la 1:30 de la madrugada cuando viví esta experiencia.

Lo recuerdo como ahora porque no hay quien pueda olvidar un atraco dentro de un carro. Y menos evadir la impotencia.

Salía de Radio-Radio donde producía un programa nocturno.

Un carro en el Parque Independencia hasta La Feria; otro Feria-Honduras. y eso fue suficiente en aquella noche oscura.

Cuatro jovencitos en un carro rojo, bien vestidos, bien parecidos, se abalanzaron sobre mí. Pistolas en la costilla y en el cuello. Un punzonazo que pude evadirle al chofer por su incómoda posición con el guía. Gritos, gritos: ¡Es dinero lo que queremos, coño! ¡Mátalo, tírale, tírale te dije! ¡Desvíate, coñazo! Un desvío inesperado desde la avenida Independencia hacia la calle El Sol del barrio 30 de Mayo. Me dije: ¡Dios mío, llegó mi final! Pensé en mi familia, sobre todo en Sori, quien aún estaba pequeñita, y en mi madre, quien desde Pedernales me rogaba que dejara ese trabajo porque la capital es muy peligrosa y me atracarían.

Ya despojado hasta de los botones de mi camisa, unos matorrales cercanos a Metaldom, en el malecón, fueron el destino forzado, previa advertencia de tirotearme si osaba volver la cabeza. Durante mi regreso a pies tuve la suerte de hallar un amigo que me obligó a visitar primero el Plan Piloto de la Policía para poner la querella. Cuando llegamos, todos los policías que ví allí me parecieron los delincuentes del atraco.

Con desparpajo irritante, riéndose a toda boca, uno de ellos murmuró que yo no debía poner querella porque había sido el único privilegiado de las siete personas (dos parejas) víctimas esa noche de los muchachos del carro rojo, porque “no te violaron ni te dieron una puñalada por las nalgas”.

El tercer golpe de bolsón me lo dieron cuando era director de noticias y locutor de Radio Mil Informando, durante los noventa. Recibí una llamada de mi hija cerca de la una de la tarde. “Papi, ya te envié el VHS”, me informaba orgullosa del deber cumplido. Unos graciosos delincuentes habían girado su visita para, por “encargo” mío, retirar los electrodomésticos.

Un amigo me sugirió que asistiera al depósito de electrodomésticos recuperados por la Policía y que me apropiara de lo que quisiera. Me susurró: “No seas pendejo, todo el mundo lo hace”.

No accedí por formación pero de él aprendí que aquí mucha gente vive de lo robado, que se roba de todo y todo lo robado halla venta entre los ladrones con cara de serios que mandan a robar desde la sombra, porque los precios son de vaca muerta, poco menos que la vida de un ser humano.