Los límites de la autoridad y el poder del “Superior Gobierno”

Cuando Balaguer decía: “La corrupción se detiene en la puerta de mi despacho”, entre otras cosas, estaba diciendo que no tenía poder para controlar la corrupción.

Max Weber estableció que el poder es una cuestión probabilística, o sea, la probabilidad de que las órdenes sean obedecidas. Hay cierta distancia entre cumplir la orden de perseguir a un ladrón y el acto de capturarlo.

Recientemente escuché al Jefe de Prensa del Gobierno decir que se está gobernando con amor al prójimo, lo cual no deja de ser una buena noticia. Un buen deseo y una actitud correcta son, en varios respectos, parte de efectividad y de la aceptación de un gobernante.

Para que las cosas se hagan como manda la ley y las disposiciones del presidente y los demás funcionarios, se requieren los recursos apropiados, es decir, el personal adecuado, la capacidad técnica, dinero, equipos, y otras condiciones. Es muy necesario que el que recibe la orden entienda que la misma proviene de la autoridad legítima, es decir, la que tiene el derecho de darle la orden; y el subalterno debe estar motivado y deseoso de hacerlo, y pensar que cuenta con los elementos para hacerlo. Lo demás suele ser perder el tiempo, como suele suceder con determinadas “disposiciones del Superior Gobierno”.

Por eso muchas disposiciones se publican y luego “se acatan pero no se cumplen”. Muchos jefes nuevos llegan con el mandato superior de cumplir determinadas disposiciones, y con el ánimo alto para hacerlas cumplir. Los subalternos, a su vez, “acechan” al nuevo jefe para darse cuenta si el tipo está hablando en serio, si acaso sabe lo que está diciendo y prometiendo. Cuando se dan cuenta de que el nuevo jefe no cuenta con el conocimiento, la audacia, y los recursos para cumplir sus declarados propósitos, entonces comienzan a “hacer lo suyo”, y lo que siempre han hecho: hacer lo que se pueda, a su manera, a su ritmo.

Sobre todo cuando las condiciones y los recursos del nuevo jefe son insuficientes como siempre.
En este país, a menudo el poder y la autoridad del presidente solamente llegan, con suerte y a duras penas, hasta donde alcanza el presupuesto. A menudo ni siquiera se cuenta con la buena voluntad del funcionario, quien dos terceras partes del tiempo lo dedica a “buscar lo suyo”, especialmente si el tipo tiene planes propios, niveles de consumo ostentosos, o sencillamente tiene serias limitaciones profesionales, presupuestarias o carece de estímulo para una buena ejecutoria, o cualquiera combinación de las anteriores. En muchos casos las órdenes “del jefe” se tratan y se negocian con “la superioridad” una a una, bajo promesas de nuevas asignaciones de recursos. Muy a menudo el superior y el subalterno tienen una relación informal y anti-institucional, del tipo patrón-cliente o vendedor-comprador; también puede ocurrir que el jefe y el subalterno sean, entre sí, cuasi-desconocidos. Cuando pertenecen a bandos opuestos, la confrontación suele anularlos mutuamente. Debería obligarse a que los funcionarios también amen al prójimo-ciudadano. No solamente el presidente.