Los males de la reelección

POR  SAMUEL SANTANA
Para disgusto de algunos y alegría de otros, el doctor Leonel Fernández Reyna se ha enfrascado en la decisión de repetir un segundo mandato al frente de la Presidencia de la República.

Quienes pensaron que el mandatario no se avocaría a esta aventura le atribuyeron demasiada confianza y parece que no lo conocían bien.

El Presidente no es un extraterrestre ni un individuo traído de otro continente. El es tan dominicano como cualquiera de nosotros.

La historia dice claramente que lo común, corriente y normal es que los presidentes dominicanos busquen volver a repetir en la posición. Siempre y cuando lo permita la Constitución.

Y esto se ha hecho aún cuando los reglamentos internos de los partidos y su propio liderazgo han establecido y predicado lo contrario.

Esto se ha hecho aún cuando las consecuencias han sido las enemistades, el rompimiento de la institucionalidad partidaria, el enfrentamiento entre viejos amigos, la persecución en la administración pública, los dimes y diretes y, en fin, una zozobra violenta entre los correligionarios que ha llevado, incluso, a la división de los partidos tradicionales.

¿Le conviene esto al país?

Bueno, en término real en los países avanzados, donde la democracia y la institucionalidad tienen grandes arraigos y respeto, a un Presidente se le permite volver a aspirar por un segundo mandato.

Pero lo cierto es que esto se hace tomando en consideración aspectos muy importantes. Lo primero es que la posibilidad de volver a repetir dependerá mucho del tipo de gestión que se ha hecho. La población podría responder con un rotundo rechazo si aprecia que no hubo mejoría en su condición de vida y que el desarrollo se detuvo.

En las urnas se manifestará todo el disgusto y todo el rechazo. Es decir, el pueblo tendrá la última palabra.

Lo otro es que hay una institucionalidad fuerte que sirve de garante de los derechos de los demás candidatos y de la verdadera voluntad del pueblo.

Sin embargo, en países como el nuestro, el panorama es diferente.

Cada vez que en República Dominicana un Presidente decide reelegirse lo que vivimos los dominicanos es un verdadero desastre en todo el sentido de la palabra.

Tanto el mismo mandatario como sus funcionarios y empleados descuidan sus responsabilidades y obligaciones en la administración pública, en el afán de volver a retener el poder. Las cosas empiezan a andar mangas por hombro y para lo único que hay tiempo es para caravanear, vociferar y promover al candidato. Las oficinas públicas son un verdadero caos.

Para el Estado esto representa un descuido en el esquema de trabajo y, lo peor de todo, un derroche abusivo de recursos económicos.

Los recursos de la administración pública empiezan a ser usados para la francachela, la bebentina y la quema de combustibles en el desplazamiento por los cuatro costados del país.

Hay una compra de conciencia que se ejecuta de manera vulgar.

Los fondos del erario público potencializa de tal modo la figura del mandatario en reelección que resulta difícil a cualquier candidato contrario poder enfrentarlo. Se produce una inversión muy agresiva en la promoción y en la propaganda, llegando a cubrirlo virtualmente todo.

Pero es una práctica con raíces muy profundas. Quien llega al poder con la visión de volver a repetir empieza a acumular recursos desde muy lejos. Por eso se empiezan a realizar cosas sorprendentes en la administración pública con el marcado objetivo de crear la estructura económica que sirva de soporte a las aspiraciones.

Por esto y otras cosas más es que la reelección en países como el nuestro es tan devastadora.