Los médicos: entre el parecer y el ser

El mundo de ahora no está sustentado en la conquista colectiva, ni en la ideología, ni en el altruismo social, ni siquiera en la divinidad de arrodillarse y entregar las lágrimas por los demás.  Más bien, parece un mundo sin héroes, sin mártir y sin personas con vocación de servicio social. Ese mundo aléxitimico lo ha parido el mercado, el consumo, el confort y la vanidad, que le sirve de zapata el hedonismo, la cultura de la prisa, el relativismo ético y la vida light. 

Ese mercado llegó a la medicina, la privatizá y la llevo a los servicios auto-gestionarios, distributivos y corporativos, donde la prioridad básica era ganar recursos, crecer y facilitar servicios para el que pueda pagar. El resto, los del subsidiado, que vivan si pueden y si no que mueran en el modelo del hospital para indigentes.

Los servicios se fueron deshumanizando, y a la vez, tecnologizando. El paciente lo llevaron a un número, y al médico de servicio a un código. El lenguaje médico-paciente lo han ido sustituyendo de la condición humana. El médico pasó a ser visto como un ofertador de servicio, de tecnología, y prescriptor de la industria farmacéutica.

 Al espíritu de la salud le despojaron el ser, su altruismo, el humanismo, la empatía y la solidaridad. El mercado neoliberal y del negocio rentista ha mercadeado el acto médico. Ahora, para mal, los médicos se encuentran angustiados, ansiosos, estresados por tener que existir entre el sincretismo del “ser o el parecer”.

El parecer empuja a vivir de lo tangible, el confort, la opulencia y el estilo de vida de que se vive la conquista del gran capital: mansión, buen vehículo, casa de playa, vestir al último grito, buenos vinos, consultorio de última decoración; sencillamente una vida de gerente seducido para presentar la percha y el equipaje de vida glamorosa. Esa angustia la vive el médico (a) de hoy; la exigen los pacientes y la espera el comportamiento social.

El parecer lleva al pragmatismo, a la despersonalización, a la crisis de la nueva identidad que no aporta a nuestra vocación ni a nuestra razón de ser. Sin embargo, la verdadera razón es otra. Los médicos viven con dificultades, están endeudados, cada día ganan menos y trabajan más. Diría que hacen lo posible por mantenerse ante la presión social, de una profesión liberal, de clase media y media alta, que debía parecer un pequeño burgués de vida resuelta: la gran trampa.

Sencillamente, los que no entiendan estas influencias socioculturales y económicas pasarán a ser un cadáver del parecer; y eso, de verdad, es una pena. El médico(a) es cuerpo y esqueleto del ser, y de su agonía para existir ante tanta presión social.