Los milagros existen

LEONARDO BOFF
La evolución tuvo que caminar algunos miles de millones de años hasta producir los sentidos corporales. En realidad, a través de estos sentidos el universo comenzó a mirarse, a sentirse, a tocarse, a oírse a sí mismo. Y cuando surgió el ser humano, esos sentidos se hicieron conscientes y por eso espirituales. A través de ellos el universo se mira, canta y se extasía.

Tanto para los sentidos corporales como para los espirituales puede ocurrir aquello que parece imposible. Tales cosas surgen de ese fondo abisal y misterioso de energía del cual todo procede y al cual todo retorna. Lo llaman vacío cuántico o, en una expresión más feliz, «Fuente alimentadora de todo ser», otro nombre para Dios.

Porque así es: sucede lo imposible, como comentó acertadamente en una reciente crónica Carlos Heitor Cony, o sucede el milagro, como prefieren decir los cristianos. Les contaré un milagro conmovedor.

En 2003 visité por primera vez la isla Fernando de Noronha, prueba de que algo del paraíso terrenal todavía perdura. Su población cumple, en gran parte, el precepto divino dado a nuestros primeros padres, de ser jardineros y cuidadores de aquella herencia sagrada. Encontré a Ana, una profesora de primaria, esposa de un pescador, que vendía bollitos justo debajo de la iglesia, para completar el ingreso familiar. Conversamos de cómo es importante cuidar las bellezas de Noronha, educar a los jóvenes para esa misión y obligar a los turistas a ocuparse de la basura. Se estableció de inmediato una relación de gran cordialidad. Ella tenía la voz suave como la brisa que venía del mar y la mirada tierna como la arena fina de la playa que estaba a nuestros pies. Yo me animé y hablé de cómo fue surgiendo la Tierra, los mares, las islas como Noronha. Ella escuchaba con brillo en los ojos como si recibiera un mensaje esperado.

De repente dijo: «Nosotros somos pequeños y humildes. Ustedes son doctores y saben muchas cosas que nosotros podemos aprender y llenarnos de admiración». Mi compañera Marcia, educadora popular, respondió diciendo: «Ana, usted también sabe cosas que nos hacen aprender y nos maravillan». Entonces ella se confió y dijo: «¿Puedo contar un milagro?». «Claro, nosotros creemos en milagros».

Y entonces contó: «Fue el que Dios nos concedió hace unos años en semana santa. En casa no teníamos pescado ni agua. El barco que debía traer provisiones no vino. Mi marido que es pescador hacía días que no pescaba nada. ¿Qué íbamos a comer en semana santa? Sólo teníamos un poco de espagueti. Entonces mi marido y yo, preocupados, fuimos a ver el mar. Nos mirábamos el uno al otro, tristes, pidiendo a Dios que cuidase de nosotros, pequeños y humildes. El mar estaba en calma. Y de repente se levantó una gran ola, chocó contra las piedras y, al retirarse, miles de sardinitas quedaron presas en ellas. Me quité la enagua y la llené de peces. Fui corriendo a llamar a mis cuatro vecinos, también pescadores. Cuando llegaban, vino otra ola, trayendo todavía más peces. Todos llenaron sus cestos y aún sobraron peces en las piedras. Dios escuchó la súplica de los pequeños y humildes».

Y es que todavía hay gente que no cree en milagros porque no ha activado sus sentidos espirituales. Si los activan, van a descubrir muchos, muchos milagros en sus vidas. Pero hay una condición: hacerse pequeño y humilde como Ana y su marido.

Me fui rezando al Dios de Ana, pidiéndole que me hiciese pequeño y humilde. Grande era Ana, pequeño era yo.