Los munícipes llamados a votar

La democracia está restringida para los dominicanos porque los gobiernos que les son cercanos en las numerosas localidades en que residen se encuentran en parcial anulación. Mermados por un constreñimiento presupuestario desde el Poder Ejecutivo y por pocas facultades para generar ingresos propios. Les queda todavía, eso sí, el derecho a decidir con votos quiénes administrarán los bienes y servicios del orden municipal. Esta vez será el próximo 16 de febrero en la primera fase del itinerario electoral 2020. Desde estos momentos el proselitismo dirigido a 3,849 cargos tiene las puertas abiertas y lo más importante es que el combate sea igualitario, ordenado y concurrido. Legitimado por la neutral gestión de juntas provinciales supervisadas por la JCE aunque la supremacía de recursos a disposición de algunos contendientes podría tener el peso distorsionador que reduciría las posibilidades de que los postulados conquisten posiciones a partir de sus méritos.

Gran parte de las ventajas financieras con abuso en el empleo de medios de promoción para avanzar hacia las investiduras procedería como otras veces de arcas estatales y de otras fuentes de contribuciones ilícitas si las autoridades gubernamentales y electorales dejan sin límites éticos y constitucionales el accionar en el proceso de cada sector político y de asociados de entre bastidores. Debe alcanzarse la igualdad en aplicación de normas.

El esquema de los predominios

Reservándose candidaturas o impulsando en procesos internos a sus favoritos para heredar, unas cúpulas partidarias que incluyen a minorías reducen el papel de muchos seguidores para postular. Los dejan, en los hechos, con escasa voz y voto contraponiéndose a la participación mínima de jóvenes y mujeres en las boletas. La conciencia tomada por la sociedad sobre el proceder de élites inamovibles en el tiempo ya erige barreras contra tantas imposiciones de algunos liderazgos.

En este país el reclamo de “sangre nueva” prospera poco hacia la renovación de los ejercicios de mando en el Estado y en las organizaciones políticas. Los cambios no deben centrarse en novedades nominales ni en banderías. Hay que desterrar la preponderancia de unos pocos y de sus formas arcaicas de hacer las cosas.