Los ornamentos frontales

Un amigo médico, que carga desde hace años edades geriátricas, aconseja a sus pacientes masculinos añejos que busquen fundamentalmente en sus compañeras el buen trato.

Incluso llega a pedirles que si su pareja comete adulterio, la perdonen si en el día a día les hacen la vida agradable.

Considera el galeno que un hogar donde las cosas estén en regla, desde las comidas y la ropa, hasta la justa valoración de las cualidades del hombre, no debe disolverse por ocasionales brinquitos extraconyugales de la mujer.

Afirma que uno de los grandes y a veces trágicos errores que se cometen es informar a un machazo criollo que su esposa o amante le está pegando los cuernos.

Señala el facultativo que esto puede provocar desde agresiones físicas y verbales hasta homicidios, seguidos en ocasiones de suicidios.

Y dice estar de acuerdo con que los cuernos son como los dientes en las criaturas, que cuando van a salir duelen, pero después les sirven para comer.

Conozco hombres que se hacen los cegatos frente a las infidelidades de sus parejas, sobre todo si son jóvenes y hermosas, por aquello de que es mejor comerse un bizcocho entre muchos que un algarrobo una persona.

Un viejo amigo afirma que si su esposa le es infiel con un hombre destacado, o millonario, la perdona y le concede otra oportunidad, pero si lo hace con un desconocido pranganoso, le pone de inmediato el divorcio, reforzado con un par de bofetones.

Ese mismo liberal cree que todas las mujeres tienen derecho a brincarles las sogas a sus hombres, porque el noventa y nueve por ciento de estos son verdaderos acróbatas en esa materia.

Y dice que un hombre infiel no puede argumentar que los cuernos de su mujer atentan contra su honor, pues sus infidelidades seguramente son más numerosas.

Recuerdo el cuento del genial humorista dominicano Paco Escribano, acerca del hombre que al enterarse de que su mujer aprovechaba que él estuviera en horario laboral para hacer el amor con un vecino en la hamaca que tenía en el patio de la casa.

Poseído por un arrebato de ira justiciera, desanudó la hamaca y la vendió.