Los peligros de PISA

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Los deprimentes resultados obtenidos por la Republica Dominicana en la reciente evaluación PISA nos ofrecen importantes oportunidades para la reflexión y el cambio, pero también encierran algunosriesgos.
Tener un conocimiento más cabal de los escasos avances alcanzados tras siete años de aplicar el 4% para el sector, obliga a pensar profundamente en qué hemos estado fallando, cómo es posible que lo hayamos hecho tan mal, porque no de otra manera puede ser calificado el dato.
El peligro es que ahora la sociedad, sobre todo las élites, le reste respaldo al financiamiento del sector, bajo el entendido de que es un desperdicio de dinero, mucho más ahora en que el nuevo gobierno que ha de instalarse en el 2020 va a confrontar agudas limitaciones presupuestarias frente a las grandes expectativas que deberá encarar.
No es poca la discusión que se ha llevado a cabo en el mundo sobre el vínculo entre asignar mayores recursos y calidad de los resultados educativos, pero eso tiene sentido principalmente en ciertos países ricos en que el sector puede estar relativamente sobrefinanciado, no en países como el nuestro, con tantas carencias en el sector.
Aun así, recordemos que hace algunos años, en la República Dominicana se dio una importante discusión sobre el tema, a raíz de un discurso pronunciado por el entonces presidente Leonel Fernández, quien se negaba a atender los reclamos ciudadanos a que se prestara mayor atención a la educación, disponiendo el cumplimiento del 4% del PIB al sector.
El reclamo no se originó en ninguna ocurrencia de alguien, sino en la constatación de que en la República Dominicana era un factor determinante del deplorable estado en que se encontraba la escuela. Si ahora se descubre que eso no ha servido para nada en términos de aprendizaje, entonces el riesgo de vuelta atrás no es insignificante.
Por eso creo que tenemos que profundizar en la determinación de las causas. Lo primero es que, contrario a lo que había sido el propósito de la movilización nacional, el mayor presupuesto no fue usado tanto como instrumento de política educativa, sino medio de redistribución y combate a la pobreza, como política de bienestar social: alimentación, vestido, libros, tabletas, computadoras, reactivación económica de las comunidades mediante la construcción de escuelas, equipamiento y compras de insumos y materiales.
Como tal, fue exitoso: contribuyó a aumentar el empleo formal y los salarios reales promedios, bajó la pobreza y la indigencia, se redujo la desnutrición, los padres sienten mayor seguridad teniendo a sus hijos en la escuela que jugando en las calles, y ellos tienen más tiempo para dedicarlo al trabajo.
Y por otro lado, nadie puede decir que la construcción de escuelas o que subir los salarios de los docentes no era necesario. El problema es que como política educativa había que atacar otros factores, quizás comenzar por otro lado. Seguramente por el mejoramiento de la planta magisterial, por el cumplimiento del horario y la disciplina escolar, por un sistema de premios y castigos en base a los resultados, por un rediseño institucional que viabilizara mayor compromiso y poder de acción de los directores, las familias y las comunidades, etc. Eso es más fácil verlo ahora.
El más complejo de todos, por ser el que requiere más tempo, era el de la formación de los maestros, y el punto de partida para ello eran dos cosas: importar maestros de otros países con mejor escuela y aumentar salarios, primero como una cuestión de justicia frente al rezago histórico, y segundo para atraer a la carrera docente a muchachos con más vocación y talento. El problema es que la educación estaba postrada por demasiado tiempo y eso se había reflejado en la autovaloración, el prestigio, la vocación y la entrega del maestro.
Y por consecuencia, en su calidad profesional. Para comenzar a tener buenos maestros había que dedicar bastante tiempo a formarlos antes de que esto se refleje en la calidad de los alumnos, de modo que asignar más recursos no garantizaba tener mejores maestros de inmediato. Pero esto no puede desalentarnos, sino hacernos ver mejor el largo camino que conlleva encarar una verdadera revolución educativa, ¡con más fe ahora!